
Cómo encontrar la verdadera alegría en Navidad
Nuestro Redentor ha nacido para liberarnos del pecado y llamarnos a la vida eterna
Por el Exmo. Monseñor Charles J. Chaput.

Cada año en Diciembre, la bulla, ansiedad y las celebraciones de este tiempo tienden a oscurecer la realidad de lo que celebramos. Pero este año, en medio de los preocupantes problemas económicos de nuestro país y la incertidumbre que generan, así como el dolor y la lucha que venimos sufriendo por la defensa de la vida, para muchos de nosotros puede ser difícil encontrar la verdadera alegría en la Navidad.
Es importante recordar que el mundo que vemos hoy no se diferencia mucho del mundo de la primera Navidad.
Para María, la joven judía, no había nada de sentimental en el hecho de estar embarazada sin estar casada en la región de Galilea. Tenía su fe puesta en Dios. También tenía la protección de José. Pero no sabemos si contaba con la comprensión de sus parientes y amigos locales. Las mujeres en su época podían en algunas ocasiones ser apedreadas ante la sospecha del adulterio. La acogida de su prima Isabel probablemente no era compartida por muchos. La historia de María probablemente tampoco era fácil para José, más allá de su enorme fe, de la intensidad del mensaje del ángel, de su gran corazón, muy probablemente tuvo que luchar con tentaciones humanas de duda y confusión. En efecto, la Iglesia oriental captura su humanidad bellamente en la iconografía tradicional de Navidad. Los íconos frecuentemente muestran a José apartado del pesebre, ligeramente distante de la Madre y del Niño en profunda reflexión.
El camino a Belén debe haber sido peligroso y físicamente exigente. Bandidos y asaltantes eran frecuentes. Los invasores romanos podían ser brutales. La incapacidad de encontrar refugio en una posada debió haber sido más que inconveniente; probablemente llegó a ser una amenaza de muerte. Y pocos de nosotros hoy día pueden realmente imaginar el drama de dar a luz en un establo o una cueva.
Sin embargo, esto es lo que el Papa San León Magno llamó “el nacimiento de la vida”. Esto es lo que celebramos cada Navidad. La maravilla de la Navidad es la humildad que Dios escogió para sí mismo, solamente por amor, por amor a nosotros.
Dios nos amó tanto que nos envió a su único Hijo. Nos amó tanto como para compartir nuestra pobreza, nuestras indignidades y temores, nuestras esperanzas, alegrías, sufrimientos y fracasos – y nuestra carne – para poder hablarnos a nosotros como uno de nosotros. Él se hizo hombre para mostrar a hombres y mujeres cuánto los ama Dios. Él nació para esa misión. Vivió para esa misión, murió y resucitó para esa misión.
En estos días de Adviento, entrégate a ti mismo, a tus amigos y familiares un regalo anticipado: lee y reza los dos primeros capítulos del Evangelio de Lucas. La verdadera historia de la Navidad es mucho más terrena, verdadera y poderosa que cualquier cosa que podamos ver en la vitrina de una tienda.
Jesús es Emanuel, que significa “Dios con nosotros”. Jesús es Yeshua, que significa “Dios salva”. Cuando Jesús más adelante en su ministerio público predicó que “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” lo que hizo fue reafirmar el milagro que comenzó en Belén. Nuestro Redentor ha nacido en un establo, ha nacido para liberarnos del pecado y llevarnos a la vida eterna. Ese fue el sentido de su nacimiento, la primera Navidad. Esto es lo que conmemoramos este 2009. Y éste es un nacimiento digno de celebrarse.
¡Qué Dios les conceda a cada uno y a sus seres queridos una muy Feliz Navidad y un bendito Año Nuevo!