María nos conduce a su Hijo el Señor Jesús
Una meditación sobre el sacerdote y los laicos como hijos de María
Por el Padre Jeremy Paulin, OMV*
En la Iglesia de Holy Ghost, en Denver, donde sirvo como vicario parroquial, hay un altar dedicado a nuestra Madre María. En un nicho encima del mismo está la que ha venido a ser una de mis favoritas imágenes de nuestra Madre. Es una estatua de madera de tamaño natural de María cargando al Niño Jesús, quien parece tener entre un año y medio y dos.
María está cargando firmemente con el brazo derecho a su bebé, mientras con su mano izquierda lo toca suavemente y lo sostiene. Mientras tanto, Jesús está cargando una esfera que simboliza toda la creación y el hecho de que Él nos sostiene a todos. La cabeza de María está un poco inclinada hacia Jesús, en suave gesto de amor, deferencia y respeto hacia su Divino Hijo, cuya amable mirada te cautiva cuando estás ante Él y su Madre, en contemplación. También descubres que los ojos de María se encuentran con los tuyos y que así como sus cabezas se tocan tan suavemente, tú también anhelas estar en los brazos de nuestra Madre María. Jesús, cuya mano izquierda se levanta para bendecir, te lleva cerca de María y de sí mismo. Es entonces cuando te das cuenta que la mano izquierda de María, que al inicio parecía estar balanceando a su Hijo está apuntando a Jesús, y entonces los dos parece decir: “Te quiero; eres mío”.
Son bienvenidos para venir a Holy Ghost y ver esta estatua, y rezar al Niño Jesús con María, quizá encender una vela, ir a confesión y estar en Misa.
Una lección bella y profunda que he aprendido al rezar ante esta estatua de María y de Jesús es ésta: cuán grande es María; qué gran dignidad le ha dado Dios, que Él se ha confiado a sí mismo a Ella; que Él se humilló a sí mismo para ser, como nosotros, nacido de mujer. Esta estatua es un recordatorio de cuán bueno es Dios y de que Él eligió habitar entre nosotros, pecadores, para salvarnos, ofreciéndonos su misericordia y amor, especialmente en su muerte en la cruz y desde entonces hasta ahora, dándonos su vida divina en los sacramentos de la Iglesia. Todo esto lo veo simplemente al mirar a Dios hecho hombre como un bebé en los brazos y bajo el cuidado de su Madre Inmaculada.
Y aún descubro más. Mis ojos se abren, mi corazón salta de gozo. Si Dios se confió a sí mismo a María, si Él eligió ser su Hijo: ¿no es ésa razón suficiente para mí, para hacer lo mismo? ¡Cada uno de nosotros debería saltar a sus brazos! Dios fue feliz al ser cargado por ella, nacido de ella en Navidad, vestido, enseñado y criado por ella en la pobreza y oscuridad… ¿y yo no debería hacer lo mismo? Todo cristiano bautizado comparte a María como su madre; al ser bautizados entramos en este misterio: cuando nos volvemos hijos de Dios, hermanos de Cristo, también recibimos a María como nuestra Madre.
Los sacerdotes, como todos los bautizados, son hijos de Dios por la adopción del Bautismo y también tienen a María como a su Madre. Los sacerdotes, sin embargo, por haber recibido el sacramento del Orden, son hijos de María de una manera muy especial. Cuando el Obispo impone sus manos en la cabeza de quien está siendo ordenado sacerdote, el Espíritu Santo viene sobre él y su espíritu cambia para siempre. Eternamente, es distinto de los demás hombres.
Como sacerdote, ahora existe y vive en la persona de Cristo. Desde este momento, incluso hasta la eternidad, el hombre que Dios ha elegido y llamado para ser sacerdote, actúa en la persona de Cristo y busca conformarse con el Señor Jesús en todo momento. El sacerdote actúa in persona Christi, por ejemplo, al realizar la más sagrada acción como hacer presente a Jesús en la Eucaristía, y perdonar los pecados en el nombre de Cristo; y así, busca conformarse con Él también en las cosas más ordinarias, como hacer su cama.
La gran invitación para el sacerdote es cooperar con esta tremenda gracia que se le ha dado: hacerse uno con Cristo, con quien ha sido configurado. El sacerdote debe unirse a sí mismo, más y más, diariamente, con Jesucristo, Eterno y Sumo Sacerdote, ofreciéndose a sí mismo al Padre Celestial por la salvación del mundo, tal y como Jesús hizo y hace en la Santa Misa.
Todo cristiano está llamado a “vivir de una manera digna de la vocación a la que ha sido llamado (Ef 4,1), dejando que Jesús reine y ame en nuestros corazones, pensamientos y acciones, vidas y relaciones. El sacerdote ha recibido un llamado muy elevado. Está llamado a ser Cristo de una manera única y diferente que los laicos, porque él debe dar la vida por las ovejas, como Cristo lo hizo. Él debe dar a Cristo el rebaño y el rebaño a Cristo en todo lo que es y hace, especialmente en la celebración de los sacramentos.
Una manera fructífera para los sacerdotes y todos los cristianos de vivir de manera digna y ser grandes santos es confiarse a sí mismos a María, como el Hijo de Dios hizo desde la Anunciación. En todo momento, podemos ponernos bajo la protección de María: al verla en Caná; al verla al pie de la cruz; al verla rezar en el cenáculo en Pentecostés.
Quisiera, sin embargo, sugerir que sería bueno que pasemos tiempo siendo su “pequeñito” en oración, poniéndote a ti mismo en sus brazos como el Niño Jesús, tal y como Él lo hizo. ¿Qué mejor manera habrá para conocer a Jesús, aprender de Él, imitarlo y amarlo? Él se humilló a sí mismo para crecer en su humanidad siguiendo el ejemplo de María y bajo su cuidado amoroso. San Pablo dice que estamos llamados a “crecer a la estatura de Cristo” (Ef 4,13); si hacemos todo lo que podemos para seguir su vida en la nuestra y cooperar con la gracia de Dios, alcanzaremos esa estatura.
Una simple y práctica manera de hacer esto, especialmente al acercarse la Navidad, es profundizar en los misterios gozosos del Rosario. Al mirar a Jesús con María en la anunciación, la visitación, la Navidad, la presentación y su encuentro en el templo, y dejándonos amar por ellos y a la vez amándolos, y estando con Jesús y su Madre en su infancia, podemos también madurar más plenamente en nuestro bautismo y en el sacerdocio, al crecer como hijos del Padre. ¡Un feliz Adviento y una Feliz Navidad!
* El P. Jeremy Paulin, OMV, es Vicario Parroquial de Holy Ghost, Denver, y ha sido recientemente nombrado Director Vocacional para la Provincia de Estados Unidos, de los Oblatos de la Virgen María.
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