Un comunicador de la alegría y apóstol del sufrimiento
El Venerable Manuel Lozano hizo de su enfermedad un camino a la santidad y dio con su vida Gloria a Dios
En esta edición, El Pueblo Católico comparte con ustedes la vida del venerable Manuel Lozano Garrido, conocido entre sus amigos como “Lolo”, quien en estos momentos se encuentra en la etapa final de su proceso de canonización. Quienes conocieron a Lolo, lo describen como un joven entusiasta e inteligente, periodista y escritor. El joven, nacido en España, estuvo durante más de 25 años en silla de ruedas y ciego durante sus últimos 9 años de vida. Lolo hizo de su enfermedad y su talento como escritor un camino fructífero de apostolado y santidad.
Por D. Rafael Higueras*
Manuel Lozano nació en Linares -España en 1920 y murió en la misma ciudad el 3 de noviembre de 1971. Durante su adolescencia, caracterizada por una alegría juvenil y contagiosa, se inscribió en la Acción Católica (A.C.), donde fue un miembro activo y un elegido para diversos cargos directivos. Ya entonces comienza en él una piedad eucarística y tierna devoción mariana que le marca hondamente en toda su vida posterior.
Todavía muy joven, a los 16 años, durante la persecución religiosa en España, es designado para llevar clandestinamente la comunión; él comentará años más tarde esa preciosa y peligrosa misión suya. Por ello fue encarcelado y pasó la noche del Jueves Santo en prisión, sin embargo en esa noche tuvo el gozo de estar horas y horas –junto con otros presos- en adoración al Santísimo Sacramento, porque su hermana pequeña, Lucy, se lo pudo pasar escondido en un ramo de flores.
A los 22 años recibe la visita del dolor, una parálisis progresiva le sentó en un sillón de ruedas. Su inmovilidad fue total. Y cuando la enfermedad y la invalidez total cambia su vida, desde su sillón de ruedas se convierte en escritor y periodista fecundo: 9 libros y cientos de artículos de prensa, que son para él el cauce de su afán evangelizador: “Aparentemente el dolor cambió mi destino de modo radical. Dejé las aulas, colgué mi título, fui reducido a la soledad y el silencio. El periodista que quise ser no ingresó en la Escuela; el pequeño apóstol que soñaba llegar a ser dejó de ir a los barrios; pero mi ideal y mi vocación los tengo ahora delante, con una plenitud que nunca pudiera soñar”, así escribe en “Cartas con la señal de la Cruz”.
Pero este joven de A.C., “varón de dolores” y sin embargo sembrador de alegría en los cientos de jóvenes y adultos que se acercaban a él en busca de consejo, tenía un secreto: el ardiente deseo de “devorar” apostólicamente el mundo. Enamorado de Cristo, le dice: “Un préstamo: déjame tu corazón... no para el egoísmo de realizarlo todo fácil y sin esfuerzo, sino para hacer bueno ese deber que es amarte a tu medida”, como dice en “las golondrinas nunca saben la hora”, otro de sus libros.
Su casa se convierte en centro de orientación, de alegría y de vocación para muchísimos jóvenes, y en centro de apostolado entre los enfermos: con monasterios de contemplativos y enfermos incurables funda la “Obra pía: SINAÍ”, grupos de oración por la prensa.
La Eucaristía marcó a Lolo profundamente, siendo su fortaleza en su debilidad y alegría en su dolor, fuente de su inquietud apostólica y manantial para su pluma.
Cuando aún podía mover algo los dedos le regalaron una máquina de escribir. ¿Lo primero que escribió en ella?: “Señor, gracias. La primera palabra, tu nombre; que sea siempre la fuerza y el alma de esta máquina... Que tu luz y tu transparencia estén siempre en la mente y en el corazón de todos los que trabajen en ella, para que lo que se haga sea noble, limpio y esperanzador”.
Su vida se apagó el día 3 de noviembre de 1971. Era el día de San Martín de Porres, mientras, a su lado, yo, Rafael Higueras Álamo, sacerdote y Consiliario de la Asociación de amigos de LOLO, que tuve el gozo de estar 9 años cerca de él, rezaba con él el Padre Nuestro y decía con él a María Santísima: “Ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte”, se paró su corazón “que no le cabía en el pecho” como le decía el médico siempre que lo auscultaba.
Doce años antes, el mismo día 3 de noviembre, Lolo había escrito: “Hoy el día sabe a andén de ferrocarril, cuando llega el tren y se baja el amigo a quien hace mucho tiempo no veíamos. Ya tú estás aquí, sentado junto a mi sillón, y yo te echo el brazo efusivamente por los hombros...” (Así escribió en su libro “Dios habla todos los días”). Había llegado el momento del abrazo efusivo con Dios a quien había amado y a quien, crucificado con su cruz de prolongada y dura enfermedad, él se había ofrecido como amigo.
Esta biografía fue reproducida con el permiso de la Asociación Amigos de Lolo, quienes se encargan de difundir la Vida y Obra del Venerable Manuel Lozano Garrido. Si deseas conocer mayores detalles de su vida y obra, visita la página Web www.amigosdelolo.com. El Padre Rafael Higueras fue amigo personal de Lolo.
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