Caridad en Verdad
El llamado universal a la caridad: la pobreza nace de la soledad
Por el Dr. Jonathan Reyes
La siguiente columna es la última de tres realizadas sobre la Encíclica del Papa Benedicto XVI “Caridad en Verdad” (Caritas in Veritate).
En su reciente encíclica Caridad es Verdad, el Santo Padre, realiza una sorprendente comprensión entre la pobreza y el aislamiento humano. En el capítulo sobre la familia humana, escribe: “Ciertamente, también las otras pobrezas, incluidas las materiales, nacen del aislamiento, del no ser amados o de la dificultad de amar”. 53).
Esta es una afirmación fuerte. Después de todo, la pobreza para muchos de nosotros está frecuentemente asociada con ciertas causas materiales como las estructuras sociales injustas, un mal gobierno, la guerra y los conflictos civiles, el desplazamiento, sistemas económicos pobres, problemas psicológicos y adicciones, o tal vez desastres naturales. Ciertamente estos y otros factores generan pobreza y tienen que ser enfrentados. Sin embargo, cuando uno se encuentra con la pobreza, uno inevitablemente encuentra también la soledad humana.
Este es ciertamente el testimonio de muchos hombres y mujeres con los que trabajo que están sirviendo a los pobres en el norte de Colorado. Ya sea que estén aconsejando jóvenes, enseñando labores, dando hogar a los sin techo, cuidando a los ancianos o proporcionando ayuda de emergencia, todos han encontrado la profunda conexión entre pobreza y soledad y la profunda necesidad humana de comunión. Existe una gran diferencia para alguien que está en necesidad de ayuda si se encuentra con un funcionario o con un amigo que viene a ayudarlo.
Cualquier esfuerzo para enfrentar la pobreza que limita el amor al prójimo a una breve entrevista que concluye con un cheque o un lugar donde dormir, fracasa en el intento de confrontar la raíz fundamental de la pobreza, la soledad.
Esta es una perspectiva compartida por muchos de quienes en el siglo pasado han sido celebrados a través de todo el espectro político por su servicio a los pobres. Es evidente en la decisión de hombres y mujeres como la Madre Teresa, César Chavez, el Padre de Foucauld (cuya vida inspiró la fundación de los Pequeños Hermanos de Jesús) y Dorothy Day, de compartir la vida de aquellos que sirvieron de un voto de pobreza voluntaria y de la formación de comunidades. No fue suficiente para ellos dar bienes materiales a aquellos en necesidad o defenderlos, también vieron la necesidad de compartir la vida con ellos.
La pobreza voluntaria para estos hombres y mujeres no era un truco político, escogido como una manera de hacer sentir culpables a los ricos y poderosos. Tampoco estaba motivado por un deseo romántico de “autenticidad”. Sería una falta de respeto a su memoria reducir sus decisiones a estos fines superficiales. Para Day, Chavez, la Madre Teresa y muchos otros, la decisión libre de vivir en pobreza y en comunidad, fue una decisión para acabar con la soledad. Todos ellos comprendieron que el don más grande para aquellos necesitados, aquel que enfrenta las raíces más profundas de la pobreza, era la amistad.
Esta verdad es profundamente en las memorias del arzobispo Kazimierz Majdanski, “Seréis mis testigos”, en la que cuenta sus años en el campo de concentración Nazi de Dachau. Incluso aquí, enfrentando la más extrema pobreza. Despojado no sólo de los bienes materiales sino de la libertad y la dignidad humanas, los prisioneros fueron capaces de darse mutuamente el don de la amistad. Y fue la amistad –comunión- lo que hizo soportable esta vida de total pobreza.
Comprender al relación entre pobreza y soledad ayudad a explicar por qué la Iglesia nunca se ha visto satisfecha con una definición de la caridad que no involucre un contacto con la realidad de aquellos en necesidad. Dar algo material es bueno, pero por sí solo no basta para enfrentar la soledad. Lo que debemos dar a aquellos en necesidad es la amistad. Por su puesto, no se nos ha concedido a todos la capacidad de hacer la heroica decisión de vivir en pobreza voluntaria. Ese no es el llamado de Dios para todos. Sin embargo, su llamado universal si implica que además de dar bienes materiales también establezcamos amistad con los que no tienen amigos cada vez que podamos. Cualquiera que sea nuestro estado en la vida, podemos enfrentar la soledad de aquellos que están a nuestro alrededor.
Al final, como el Santo Padre lo hace claro, toda amistad y comunión humana tiene sus raíces en la amistad con Cristo. Es por el hecho (virtud), de que todos tenemos el mismo Creador y Redentor que la soledad ha sido derrotada definitivamente. La misma muerte, que es la soledad por excelencia, encuentra su respuesta solamente en la amistad con Dios. Por tanto, incluso cuando nos damos a nosotros mismos en amistad no podemos estar satisfechos con darnos sólo a nosotros mismos. Debemos al mismo tiempo permitir que Cristo ame a los demás a través de nosotros. Sólo de esta manera podremos responder plenamente al llamado universal a la caridad.
El Dr. Jonathan Reyes, Presidente y Director Ejecutivo de Caridades Católica en la Arquidiócesis de Denver.
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