
“Os daré pastores según mi corazón”
La labor del sacerdote se hace vida y da fruto en el amor a los fieles confiados por Cristo
Por el P. Javier Nieva, DCJM*
¿Cuál es la mejor manera de llamar a un sacerdote? ¿Cuál es el título que mejor describe su persona y misión? Probablemente no haya un único título que, por sí solo, contenga todas las características de esta vocación. Los diferentes nombres expresan dimensiones de su realidad, están llenos de significado y son complementarios. Se le llama “sacerdote”, a aquel que ofrece a Dios las cosas sagradas, los sacrificios, “padre”, destacando su misión de dar vida al Pueblo de Dios, “presbítero”, palabra griega que significa anciano (y como tal se le supone sabiduría y experiencia) y también “pastor”.
El pastor es quien cuida de sus ovejas
¿Qué quiere decir la Iglesia cuando, usando expresiones bíblicas, afirma que el sacerdote es un pastor?
Primero de todo tenemos que recordar lo que, en la vida corriente del campo, un pastor es. El pastor es la persona que guarda, guía y apacienta al ganado, es decir le da el “pasto”, alimento. Es un trabajo duro, sacrificado. Supone acompañar siempre al rebaño, especialmente si se trata de ovejas (de donde está tomada la imagen bíblica), estar expuesto a las inclemencias del tiempo, estar disponible todos los días, conocer los mejores caminos y los buenos pastos, no perder de vista a las ovejas y vigilar que no se extravíen o que no sean atacadas por las bestias salvajes o robadas por ladrones; el pastor las ha de defender si llega el caso.
Las ovejas eran un animal doméstico muy común en Palestina en tiempos del Antiguo y Nuevo Testamento, por eso la Biblia está llena de referencias a las ovejas y los pastores. En el Antiguo Testamento sin duda la mención más importante al pastoreo es la aplicación que se hace a Dios mismo, Él es el verdadero pastor de Israel: “Yahveh es mi pastor, nada me falta. Por prados de fresca hierba me apacienta. Hacia las aguas de reposo me conduce, y conforta mi alma” (Salmo 23:1-3b). “Así dice el Señor Yahveh: Aquí estoy yo; yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él” (Ezequiel 4:11). Al mismo tiempo Dios confía esta misión de pastorear a los líderes del pueblo, que no siempre son fieles al encargo, sino que se apacientan a sí mismos, buscan su único interés.
Pero hay alguien que sí es el “buen pastor”, el pastor por excelencia; es Jesucristo (Juan 10). Él conoce a las ovejas una por una y las ovejas conocen su voz, él las lleva al buen pasto pues ha venido “para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Juan 10:10). Él da la vida por las ovejas, busca a la oveja extraviada (Lucas 15:4-7) y reúne en un solo rebaño a las ovejas que antes estaban divididas (pueblo judío y gentiles).
Jesucristo, con su muerte y resurrección, no ha dejado de ser el buen pastor de su pueblo, de su rebaño, ahora la Iglesia. Sin embargo, en su providencia, hace partícipes a hombres de su condición pastoral para ayudarle a cuidar de su pueblo, éstos son los ministros ordenados, principalmente los obispos y los presbíteros (sacerdotes). El Papa Juan Pablo II nos lo recordaba al comenzar su Exhortación Apostólica Pastores Dabo Vobis sobre la formación de los sacerdotes: “Os daré pastores según mi corazón>> (Jeremías 3:15). Con estas palabras del profeta Jeremías, Dios promete a su pueblo no dejarlo nunca privado de pastores que lo congreguen y lo guíen […] Jesucristo, <<el gran pastor de las ovejas>> (Hebreos 13:20), encomienda a los apóstoles y a sus sucesores el ministerio de apacentar la grey de Dios (cf. Juan 21:15ss; 1 Pedro 5:2)”. Por tanto Jesucristo es el modelo con el que el sacerdote debe configurar su vida e imitar en su misión de pastorear, sin olvidar que el verdadero pastor y dueño de las ovejas, que las ha comprado y rescatado con su sangre, es Cristo. De él ha recibido este encargo al que debe ser fiel, en palabras de San Pablo: “que nos tengan los hombres por servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que en fin de cuentas se exige de los administradores es que sean fieles” (1 Corintios 4:1-2).
Entonces, ¿qué significa, en concreto, que el sacerdote es pastor del rebaño encomendado por Jesucristo y que está configurado con el mismo Jesucristo pastor? Para comprenderlo nos puede ayudar, como ya hizo San Agustín hace tiempo y cuyas ideas seguimos de cerca, traer a la memoria las duras palabras que Dios dirigió a sus pastores a través del profeta Ezequiel y sacar de ellas lo positivo de la misión: “Así dice el Señor Yahveh: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No deben los pastores apacentar el rebaño? Vosotros os habéis tomado la leche, os habéis vestido con la lana, habéis sacrificado las ovejas más cebadas; no habéis apacentado el rebaño. No habéis fortalecido a las ovejas débiles, no habéis cuidado a la enferma ni curado a la que estaba herida, no habéis tornado a la descarriada ni buscado a la perdida” (Ezequiel 34:2-4).
En nombre de Cristo
En primer lugar, es el encargado de dar el buen pasto o de guiar para conseguirlo o no apartarse de él. El sacerdote da el alimento de la palabra de Dios, que nos llega por las Sagradas Escrituras y la Tradición (a la luz del Magisterio de la Iglesia), y no su propia palabra u opinión. Como decía San Agustín: “si sólo dijésemos nuestras cosas, seríamos pastores que nos estaríamos apacentando a nosotros mismos, y no a las ovejas; en cambio, si lo que decimos es suyo [del Señor], él es el que os apacienta” (Sermón 46, sobre los pastores). El sacerdote también tiene el encargo de dar el buen alimento de los sacramentos y de otras fuentes de santidad a los fieles. Y ha de gobernar al rebaño, en el nombre del Señor, para que no se aparte de estos alimentos de vida.
Ante todo, para evitar apacentarse a sí mismo, el pastor debe evitar buscar su interés exclusivo y debe buscar el interés de Cristo. El anuncio del Evangelio no puede ser nunca una búsqueda egoísta del beneficio y sustento personal, “vosotros os habéis tomado la leche”; aunque es justo que los fieles provean por el necesario sustento de su pastor: “el obrero merece su salario” (Lucas 10:7).
Tampoco el sacerdote debe buscar directamente su propio honor y prestigio, simbolizado para San Agustín en aquellas palabras de Ezequiel del vestirse con la lana de las ovejas. Por eso no es bueno que se muestre complaciente con los que andan equivocados, temiendo perder el prestigio si corrige y exige con la autoridad del Señor.
Característica destacada del corazón del pastor es el cuidado que tiene por aquellos que se encuentran débiles y los que andan extraviados en lo que se refiere a la vida cristiana. El que pastorea al pueblo de Dios prepara para las pruebas a aquellos que se acercan a Cristo, atento a lo que dice San Pablo: “todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús, sufrirán persecuciones” (2 Timoteo 3:12). Está atento con especial misericordia a los que sufren en el cuerpo o alma y a éstos los previene y consuela con palabras de esperanza.
Por último, parte de la caridad pastoral es también llamar a la conversión a aquellos que se encuentran descarriados, perdidos, a imitación de Cristo, que no vino a llamar a justos sino a pecadores.
En definitiva, la labor del sacerdote como pastor nace del amor a las ovejas, los fieles, que le han sido confiados por Cristo a través de la Iglesia con el mismo amor con que el Corazón de Cristo, el Buen y Único Pastor, las ha amado y ama, guiándolas, protegiéndolas, alimentándolas y dando la vida por ellas.
* El Padre Javier Nieva, DCJM, Miembro del Instituto Religioso Discípulos de los Corazones de Jesús y María. Vicario parroquial en St. Mary, Littleton.