
La vida pública y la vocación laical
Por el Exmo. Monseñor Charles J. Chaput.
Serví por dos términos como miembro de la comisión de los Estados Unidos sobre la Libertad Religiosa.
Durante mi servicio en esta comisión me di cuenta de tres cosas: primero, que la mayoría de los países afirma respetar la libertad religiosa. Segundo, que muchos de esos países de hecho restringen la libertad religiosa y algunos no la ven como un asunto importante. Tercero, que a menos que los laicos luchen vigorosamente en la vida pública para defender la libertad religiosa, ésta se perderá.
La política es el ámbito en el cual se da la lucha entre la verdad y la mentira, la justicia y la injusticia. La política de ningún país será honesta y su gobierno jamás servirá a las necesidades de su pueblo, a menos que integre las convicciones más profundas de los ciudadanos de su país en el debate público.
En cualquier nación, pero de manera especial en una nación de católicos, los católicos tienen la tarea de hacer presentes sus creencias en cada problema social, económico y político. Ese no es un privilegio del católico, es un derecho. Es una exigencia del Evangelio.
Si vivimos nuestra fe solamente en nuestras prácticas privadas y no en nuestras acciones públicas, incluyendo la política, estaremos viviendo una mentira: El mejor regalo que le podemos hacer a nuestra democracia es el testimonio público de nuestras convicciones.
La democracia depende en gran medida de un debate honesto, franco y público de ideas. Si mantenemos nuestras creencias morales y religiosas al margen del debate político debido a un malentendido afán por ser “educados”, no estamos siendo educados: le estamos robando al país una oportunidad de conversación pública.
Ni los obispos, ni los sacerdotes, ni los diáconos, pueden hacer el trabajo que le corresponde a los laicos.
Puede que existan momentos en los que un obispo o grupo de obispos tenga que hablar públicamente sobre las consecuencias morales de algunos asuntos públicos. Pero el principal liderazgo de la Iglesia católica en la sociedad de una nación tiene que ser llevado a cabo por los fieles laicos católicos.
La palabra clave aquí, y que no quiero que pierdan de vista es, fieles. Tenemos que formar a líderes laicos católicos que conozcan y amen las enseñanzas de la Iglesia, que den testimonio de esas enseñanzas en sus vidas privadas, pero también en su servicio público.
De acuerdo al pensamiento cristiano, los creyentes le deben respeto y obediencia a las leyes civiles en todo aquello que no viole gravemente la ley moral. En otras palabras: El Estado no es Dios. No es inmortal. No es infalible.
Como consecuencia, la virtud más importante que los líderes políticos modernos deben aprender y que los ciudadanos católicos deben ayudarles a aprender, exigiéndoselo, es la modestia.
La fe católica genuina es siempre un asunto personal, pero nunca un asunto privado. La libertad cristiana debe ser usada para el servicio de los demás.
El trabajar por la defensa de la santidad de las personas humanas y la dignidad de la familia humana es una obligación que nace de nuestra libertad cristiana.
La Iglesia no puede quedarse callada en la vida pública y ser fiel a Jesucristo al mismo tiempo. La Iglesia tiene que ser la semilla de mostaza en el ambiente político, transformando cada fibra de la vida política, económica y social.
Los cristianos están en el mundo, pero no son del mundo. Pertenecemos a Dios y nuestra patria es el cielo. Pero estamos aquí por una razón, para cambiar el mundo, por el bien del mundo, en el nombre de Jesucristo. Este trabajo es de cada uno de nosotros, y nadie lo hará por nosotros.
Los laicos no son discípulos de segunda clase en esta tarea. De hecho no hay miembros de segunda clase en el cuerpo de Cristo. No existe una creatura que se pueda llamar cristiano de segunda clase.
Por lo tanto, nunca se avergüencen de su bautismo. Nunca tengan miedo de las consecuencias de su fe. Siéntanse orgullosos de su identidad católica porque grande es la bendición que este mandato representa. Pónganla en práctica. Compártanla con los demás.
Si lo hacemos, no tendremos la necesidad de preguntar cómo es eso de la nueva evangelización, lo sabremos, porque la estaremos viviendo en nuestra vida diaria.
Esta columna es un extracto de la conferencia que Mons. Charles J. Chaput, OFM Cap., preparó para un congreso sobre Derechos Religiosos en Ciudad de México, y fue leída por Luis Soto.