Sobre el llamado universal a la caridad
Se requiere de la palabra y las obras
Por el Dr. Jonathan Reyes
El llamado a la caridad es también universal porque involucra todo bien humano. Nuestra preocupación de unos por otros necesita tener en cuenta “toda la persona” quien en palabras del Santo Padre está “constituida no sólo por materia sino también por espíritu, y como tal está dotada de un sentido y aspiraciones trascendentes”. Esto significa que necesitamos comprender no sólo las necesidades físicas de nuestro próximo, sino también las necesidades espirituales, de manera muy particular su necesidad de “comunión” tanto con los demás como con Dios mismo (53).
Esta visión de la persona en su totalidad significa que los cristianos no pueden estar satisfechos con limitar su visión exclusivamente a las necesidades particulares de aquellos que los rodean. Es en cierto sentido fácil leer esta encíclica y ver en ella poco más que una afirmación de las cosas que ya estamos haciendo, sea la evangelización, alimentar a los hambrientos, reclamar por justicia o cualquier otra obra de misericordia corporal o espiritual. Pero el verdadero desafío de esta encíclica es que nos recuerda que ninguna de estas cosas es suficiente: el bien común requiere que el pueblo cristiano haga todas estas cosas.
Por su puesto, ninguno de nosotros puede hacer todo y no todos los bienes son igualmente importantes. Existe una jerarquía. Sin embargo, nunca podemos reducir la caridad exclusivamente a un solo tema como puede ser la justicia, el hambre mundial o la vida. Se trata de todas estas porque la Iglesia “enérgicamente mantiene el vínculo entre la ética de la vida y la ética social”. La lamentable tendencia de aislar los “temas pro-vida” o los “temas de justicia y paz” no surgen de una visión integral de la caridad o de la justicia.
Más aún, no podemos nunca reducir la caridad o la justicia a preocupaciones meramente materiales. Como escribe el Papa Benedicto XVI “el testimonio de la caridad de Cristo mediante obras de justicia, paz y desarrollo forma parte de la evangelización, porque a Jesucristo, que nos ama, le interesa todo el hombre” (15). Por tanto, no podemos estar satisfechos con predicar la Palabra a alguien y no ver al mismo tiempo sus necesidades de cuidado material, justicia o libertad. Tampoco podemos pretender alimentar a las personas o defender sus derechos sin ver la necesidad de alimentarlos espiritualmente, de encontrarse con su Creador, la fuente de su gozo eterno. Esto no necesariamente cambia qué hacemos como individuos para servir a nuestro prójimo, pero debe informar y tal vez cambiar cómo pensamos al respecto.
El Santo Padre nos da el ejemplo de la educación, que jamás puede ser reducido simplemente a “el entrenamiento en el salón de clases y el entrenamiento vocacional”. Sino que debe aspirar a la “completa formación de la persona” incluyendo “la formación moral”. La verdadera educación debe hacer más que simplemente preparar a las personas para conseguir un trabajo. También debe participar en su formación para una vida virtuosa en Cristo.
Esta visión más integral de los bienes de la persona debe también llevarnos a considerar formas más integrales de servir a los demás. En vez, de centros dedicados a atender un asunto específico, por ejemplo, podemos tal vez imaginar espacios donde el cuidado de toda la persona sea considerado, desde la necesidad espiritual hasta el encuentro con el Dios vivo, pasando por la necesidad de alimentación, vestimenta, consejería, alojamiento, formación laboral y educación.
Esta visión integral llevó a la Iglesia primitiva a formar “Casas de Hospitalidad” y ellas siempre estuvieron conectadas con las Iglesias. De esta manera se crearon espacios donde el amor a Dios y el amor al prójimo se encontraban de forma concreta por el bien de la totalidad de la persona y de la comunidad. Por su puesto, nunca es un acto de amor genuino coaccionar, y por eso la Iglesia nunca impone el Evangelio, pero Ella debe alegremente proponerlo por amor a todos.
En conclusión, la encíclica del Santo Padre es otra oportunidad para volvernos a involucrar con la vida de caridad, para recibir el amor de Dios y ofrecerlo a los demás de palabra y de obra. Es también una oportunidad para repensar la forma en que estamos haciendo esto. En particular pensar acerca de medios para integrar las expresiones concretas de caridad y justicia en nuestro mundo. La habilidad de los cristianos para responder a ambos aspectos del llamado universal a la caridad fue central para la transformación del tardío imperio Romano fragmentado y decadente culturalmente, y será esencial para transformar una cultura de muerte en lo que el recordado Juan Pablo II llamó una “civilización del amor”.
(Esta es la 2da parte de una serie de tres columnas de opinión sobre la última Encíclica “Caridad en Verdad” del Papa Benedicto XVI. Las columnas son escritas por el Dr. Jonathan Reyes, Presidente y Director Ejecutivo de Caridades Católica en la Arquidiócesis de Denver).
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