
De conciencia y criterio
Por Abraham Morales
No sé si me estoy haciendo viejo o si realmente como sociedad vamos perdiendo esa sensibilidad y falta de criterio para considerar ahora ciertos valores universales como obsoletos, como si ya hubieran expirado con la modernidad.
Por ejemplo, apenas este verano, después de ver una película bastante popular (y con gran decepción, terriblemente mala), al comentar con varios jóvenes sobre qué les había parecido, unos me dijeron que les encantó y a otros que no les había parecido que tuviera nada malo. No veían problema alguno con la exposición de la mujer como un mero objeto, las bromas de pésimo gusto sobre el sexo, la vulgaridad, etc.
O en otros casos, considerar que es de lo más normal tomar pastillas anticonceptivas para tener relaciones con el novio, o el uso de la pornografía como algo de los chavos, sin mayores problemas porque “todos lo hacen”, por mencionar algunos ejemplos recientes. Quizá son temas tan comunes en la TV, música e internet que para algunos ya no es más un “big deal”. Es cierto que los medios de comunicación juegan un rol muy importante, que tienen gran influencia y que muchos de ellos van a presentarnos un modelo totalmente contrario a los valores humanos y cristianos.
Sin embargo, el que piense que su conciencia y su criterio pueden ser moldeados sólo por los medios de comunicación, está muy equivocado y necesita retroceder, ir a los principios básicos que nos enseña nuestra Madre la Iglesia. Concretamente consideré prudente recordar contigo algunas reflexiones sobre la conciencia y el criterio. Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica que “presente en el corazón de la persona, la conciencia moral le ordena, en el momento oportuno, practicar el bien y evitar el mal” (1777).
Hasta ahí todo parece muy claro, y de cierta manera fácil de seguir. Sin embargo, el problema es el criterio con el que formamos esa conciencia. ¿En qué nos basamos para decidir por nosotros que una cosa es buena y la otra mala? ¿De qué la alimentamos? Nuestra conciencia necesita ser educada, formada. Esa formación no viene de los medios o de los que se dicen amigos pero al final son mala influencia; esta formación nunca termina, es tarea de toda la vida. ¿Cómo distinguirla? Dice el Catecismo que: “una conciencia bien formada es recta y veraz”, y va mas allá: ponle cuidado porque vienen dos conceptos muy importantes: “la educación de la conciencia garantiza la libertad y engendra la paz del corazón” (1794). Y fíjate que interesante, porque muchos pueden mal interpretar lo que es la libertad. Pero es libre realmente aquel que tiene una conciencia formada, educada porque nada lo ata, ni las cosas materiales, ni quedar bien con los demás, ni el pecado.
La formación de nuestra conciencia se debe alimentar sanamente, así como nosotros mismos. Como dicen por ahí: somos lo que comemos. Con lo más sano que puedes alimentar tu conciencia es a través de la Palabra de Dios, la oración constante, del consejo de personas sabias y del aprendizaje de las propias enseñanzas sobre cuestiones fundamentales. Por ejemplo, la verdad y la justicia siempre van a ser valores universales que no tienen porque negociarse.
Cuando me refiero a cuestiones fundamentales es a tener cimientos bien sólidos sobre lo que las cosas son, el bien. Y aunque pasen modas, campañas, malas influencias, todo eso no tiene por qué modificar tu propia conciencia pues en el fondo sabes ya de ante mano lo que es y lo que no es. Algo que puedes hacer si no lo habías hecho antes es sentarte un día a definir tu “postura” ante los temas morales importantes.
Los puedes escribir, una vez escritos los puedes comparar con lo que Jesús nos ha enseñado y ver en cuales necesitas ajustarte a la verdad y dejar a un lado los mitos que a lo mejor te han influenciado; y retomar el camino. Por la gracia de Dios supe de una chica, por ejemplo que después de asistir al congreso Pro-Vida que se organizó en junio pasado, se dio cuenta de los errores en los que vivía, los mitos con los que había sido engañada sobre temas relacionados con la defensa de la vida, y no sólo enderezó su camino, sino también tomó acciones concretas para dejar atrás lo que estaba haciendo mal. Tú puedes hacer algo similar hoy mismo.
No te esperes a una conferencia o congreso, hoy mismo puedes enfrentarte a ti mismo y definir muy claramente tu postura, y donde sepas en conciencia que por ignorancia, conveniencia, o por cualquier motivo, no estaba en la verdad y lo bueno, entonces enderezar y caminar hacia delante. Concluyo con unas palabras muy bellas también del Catecismo de la Iglesia para tu reflexión: “Buscar siempre lo que es justo y bueno y discernir la voluntad de Dios” (1788). Y lo de hacerme viejo que decía al inicio, no creo (todavía), como dicen en mi tierra: “viejos los cerros, y todavía florecen”.
Paz,
Abraham