¿Qué hace distinto al sacerdote?
La vida del sacerdote es un misterio: hombre como cualquiera, pero sellado para lo sagrado
Por el Rev. Padre Daniel Cardó*
Cuando alguien entra a un confesionario y, ante una persona cuyo rostro no ve y cuyo nombre no conoce, confiesa, por ejemplo, que ha ofendido a un amigo, algo extraño sucede: ese hombre que ha escuchado el pecado cometido contra otra persona dice: “Yo te absuelvo de tus pecados”. ¿Por qué? ¿Qué tiene él que perdonar si él no ha sido ofendido? Y más aún, ¿con qué derecho o poder puede ese hombre limpiar la culpa de una ofensa cometida por otra persona?
Este misterio sucede sin cesar en la Iglesia. Hombres débiles dan fuerza al quebrantado; hombres frágiles perdonan los pecados de otros; hombres pecadores traen a Dios al mundo en el altar. Ése el misterio grande del sacerdocio: el don inmerecido de poder hacer lo que por las propias fuerzas nunca se podría hacer. El don impresionante de representar a Cristo en la tierra. El don conmovedor de hablar con el “yo” de Jesús, y así poder decir: “Yo te absuelvo”, “Esto es mi Cuerpo”. Es un hombre el que pronuncia esas palabras; es Dios mismo quien las hace eficaces. Misterio insondable: Cristo habla en el sacerdote: es Él quien se hace presente en el pan; es Él quien perdona; es Él quien sana. Cristo habla y actúa a través del sacerdote. Cristo está realmente entre nosotros por la voz, las manos, la vida del sacerdote.
Esto es lo que hace distinto a un sacerdote de cualquier otra persona. No que necesariamente sea mejor, ni más santo; no que sea más fuerte y menos indigno. Lo que lo distingue es que ha sido elegido para ser otro Cristo y que ha sido consagrado para ello. Por el sacramento del Orden, el sacerdote recibe la unción del Espíritu y con ella su ser más profundo cambia. En todo lo que a él se debe, es el mismo. Pero por la gracia, no es el mismo: ha sido configurado a Cristo Cabeza y así, actúa realmente en la persona de Cristo. Por ello es que puede decir al que ha ofendido a otro: “Yo te absuelvo”. No porque tiene por sí mismo el poder para ello, ni porque él es quien ha sido ofendido. Lo dice porque en ese momento es Jesús quien habla a través de su voz.
Todos en el Pueblo de Dios participan del sacerdocio común, siendo consagrados por el Bautismo para ofrecer sus vidas a Dios viviendo la fe, la esperanza y el amor. Dentro de esta vocación común, el sacerdocio ministerial es un don que reciben los obispos y presbíteros, cuya diferencia con el sacerdocio común es esencial y no sólo de grado. Esa diferencia esencial es un sacramento que nada puede borrar, porque quien es ordenado se convierte en “sacerdote para siempre”.
La oración con la que el Obispo consagra a un sacerdote pide específicamente para éste que su corazón sea renovado en el “Espíritu de santidad”. Todos en la Iglesia están llamados a ser santos. Para el sacerdote, esta vocación es particularmente urgente: el buen sacerdote es el santo. En el corazón de esta santidad está la particular vocación a la amistad con Jesús. En su última homilía antes de ser elegido Papa, el entonces Cardenal Ratzinger pronunció palabras conmovedoras sobre esta llamada: “En verdad, el amor, la amistad de Dios se nos ha dado para que llegue también a los demás. Hemos recibido la fe para transmitirla a los demás; somos sacerdotes para servir a los demás… Él nos revela su rostro, su corazón. Nos muestra su ternura por nosotros, su amor apasionado, que llega hasta la locura de la cruz. Confía en nosotros, nos da el poder de hablar con su yo. Nos encomienda su cuerpo, la Iglesia. Encomienda a nuestras mentes débiles, a nuestras manos débiles, su verdad. Nos ha hecho amigos suyos, y nosotros, ¿cómo respondemos?”.
En el momento de la ordenación, luego de que el Obispo ha ungido las manos del nuevo sacerdote y de que se le ha revestido con la estola y la casulla, se le entrega el cáliz y la patena. Éste los recibe de rodillas mientras escucha que el Obispo le dice: “Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”. La vida del sacerdote es un misterio: hombre como cualquiera, pero sellado para lo sagrado. Su camino de fidelidad y santidad está marcado por aquélla consigna que debe recordar todos los días como si fuera el primero: “considera lo que realizas”. Darse cuenta de lo que sucede cuando pronuncia unas palabras y realiza unos gestos. Ser consciente que Dios viene a nosotros cuando él lo pide. Maravillarse de que él, pobre e indigno, sea capaz de tanto, porque Dios actúa en él. Esto hace distinto al sacerdote. Esto es lo que le debe hacer clamar todos los días, lleno de gratitud y humildad, lo que aquel cura rural de una famosa novela escribió en su diario, luego de tomar conciencia de haber sido el instrumento por el que Dios reconcilió a quien estaba lejos de él: “Es maravilloso que podamos hacer presente en los demás de lo que nosotros ni siquiera poseemos… ¡Oh dulce milagro de nuestras manos vacías!”.
* El P. Daniel Cardó es miembro del Sodalitium Christianae Vitae y Capellán de la Casa de Retiros Saint Malo en Allenspark, CO.
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