¿Por qué rezar por los sacerdotes?
Por más vocaciones al sacerdocio, para que sean santos ministros de los misterios de Dios y sean fieles en su identidad y ministerio sacerdotal
Por el Rev. Padre Jorge Rodríguez *

“Por aquellos días, Jesús se retiró al monte a orar y se pasó la noche en oración con Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, eligió a doce de entre ellos y les dio el nombre de apóstoles” (Lc 6, 12-13). Al inicio de su vida pública, Jesús rezó por aquellos hombres que Él habría llamado para ser sus apóstoles. Al final de su vida también rezó por ellos: “Yo ruego por ellos. No ruego por el mundo, sino por los que Tú me diste; porque son tuyos…Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado” (Jn 17, 9-11).
¿Por qué reza Jesús por sus primeros sacerdotes precisamente en el primer momento de su vocación y en lo que podríamos considerar el día de su ordenación sacerdotal? ¿Por qué la Iglesia nos pide que, como Jesús, también nosotros recemos por nuestros sacerdotes, que intercedamos por ellos ante Dios?
Antes de entrar en el monasterio, Teresita de Lisieux, hizo una peregrinación a Roma. En el grupo venían setenta y cinco sacerdotes. En su autobiografía, “Historia de un Alma”, santa Teresita del Niño Jesús escribió: ‘Rezar por las almas me atraía, pero no entendía eso de rezar por las almas de los sacerdotes, a quienes yo consideraba tan puros como el cristal. En Italia entendí mi vocación… Viví en compañía de muchos santos sacerdotes por un mes y comprendí que, aunque su dignidad los eleva por encima de los Ángeles, ellos son, sin embargo, hombres débiles y frágiles. Si santos sacerdotes, a quienes Jesús llamó en el Evangelio “la sal de la tierra” muestran con su conducta la extrema necesidad que tienen de oraciones, ¿qué habría que decir de aquellos que son tibios?”
No obstante su altísima vocación, son frágiles
Santa Teresita nos da la clave para responder a nuestra pregunta: ¿Por qué rezar por los sacerdotes? Rezamos para que no falten sacerdotes, para que sean santos sacerdotes y para que perseveren en su altísima vocación no obstante la personal fragilidad humana.
Es importante que roguemos “al Dueño de la mies que mande operarios a su mies”, como Jesús nos apremió a hacer, “porque la mies es mucha y los operarios son pocos” (Mt 9, 38). “‘¡Rogad, pues, al Dueño de la mies que mande obreros!’.
Eso significa: la mies existe, pero Dios quiere servirse de los hombres, para que la lleven a los graneros. Dios necesita hombres. Necesita personas que digan: “Sí, estoy dispuesto a ser tu obrero en esta mies, estoy dispuesto a ayudar para que esta mies que está madurando en el corazón de los hombres pueda entrar realmente en los graneros de la eternidad y transformarse en perenne comunión divina de alegría y de amor. ‘¡Rogad, pues, al Dueño de la mies!’ quiere decir también: no podemos ‘producir’ vocaciones; deben venir de Dios.
No podemos reclutar personas, como sucede tal vez en otras profesiones, por medio de una propaganda bien pensada, por decirlo así, mediante estrategias adecuadas… Pedir eso al Dueño de la mies significa ante todo orar por ello, sacudir su corazón, diciéndole: ‘Hazlo, por favor. Despierta a los hombres. Enciende en ellos el entusiasmo y la alegría por el Evangelio… Nosotros sacudimos el corazón de Dios’” (Papa Benedicto XVI).
Es un don que existan
La experiencia de Anna Stang nos ayuda a captar el maravilloso don de contar con la presencia de un sacerdote, o, por contraste, la inmensa pena de no tenerlo. Ella vivió bajo la persecución comunista y relata que cuando ésta disminuyó en 1965 y fue construida una iglesia en Biskek fue con una amiga para participar en la Santa Misa. “El viaje fue largo, más que 1,000 kilómetros, pero para nosotros fue una gran alegría. ¡Por más de 20 años no habíamos visto un sacerdote ni un confesionario! El pastor de aquella ciudad era anciano y por más de diez años había sido encarcelado a causa de su fe. Mientras me encontraba allí, me confiaron las llaves de la iglesia, así pude hacer largas horas de adoración. Nunca habría pensado poder estar tan cerca del tabernáculo. Llena de alegría, me arrodillé y lo besé”. La oración de Anna por años fue: ‘Señor, dónanos de nuevo un sacerdote, dónanos la Santísima Comunión!’”
Las vocaciones vienen del cielo; son una gracia que hay que pedir incesantemente, como implora la conocida oración por las vocaciones sacerdotales: “Jesús Divino, Sacerdote Santo que eres la vida de la Iglesia, mira cuán grande es la mies y cuán pocos los operarios. Danos vocaciones sacerdotales… Muchas almas necesitan sacerdotes, porque muchas languidecen y se apartan de ti y muchas otras se pierden para siempre. Danos sacerdotes Señor, y multiplica estas vocaciones que serán tu consuelo…”
¡Rezar para que sean santos!
Hay que rezar también por la santificación de los sacerdotes. Es altísimo el ministerio de los sacerdotes hecho todo de gracia y salvación divinas. “Oh, qué grande es el sacerdote! Si se diese cuenta, moriría… Dios le obedece: pronuncia dos palabras y Nuestro Señor baja del cielo al oír su voz y se encierra en una pequeña hostia… Si desapareciese el sacramento del Orden, no tendríamos al Señor” (San Juan María Vianney). O como diría el padre San Alberto Hurtado: “Si no hay sacerdotes, no hay sacramentos, si no hay sacramentos no hay gracia, si no hay gracia, no hay cielo y aún en esta vida el odio será la amargura de un amor que no pudo orientarse porque falto el ministro del amor que es el sacerdote”. El ministerio del sacerdote es obra divina, no humana.
Lo que él administra es don y gracia de Dios. Es el único hombre en la tierra que puede obrar “en la persona de Cristo” y decir “Esto es mi Cuerpo”, “Yo te absuelvo de tus pecados.” Es el “Yo” de Jesús, no de un hombre, pero sin ese hombre esas palabras no volverían a resonar sobre la tierra. Los sacerdotes deben ser santos porque “tocan” al mismo Dios hecho Hostia, Perdón y Salvación. Así lo pide el Santo Padre Benedicto XVI en su oración: “Padre, haz que surjan entre los cristianos numerosas y santas vocaciones al sacerdocio, que mantengan viva la fe y conserven la grata memoria de tu Hijo Jesús mediante la predicación de su palabra y la administración de los sacramentos con los que renuevas continuamente a tus fieles. Danos santos ministros del altar, que sean solícitos y fervorosos custodios de la Eucaristía, sacramento del don supremo de Cristo para la redención del mundo. Llama a ministros de tu misericordia que, mediante el sacramento de la reconciliación, derramen el gozo de tu perdón.”
Pero estos hombres con tan santo ministerio siguen siendo hombres. “Dios elevó en el sacerdocio a la humanidad, sin cambiar la humanidad del sacerdote” (San Alberto Hurtado). El hombre llamado por Dios para esta misión divina, absolutamente desproporcionada al instrumento humano que es él, experimenta como cualquier otro hombre la tentación, la debilidad humana y el quebranto de la propia condición humana. La oración de los fieles lo sostiene en su lucha por perseverar en el santo servicio del ministerio sacerdotal no obstante las dificultades y cruces que la vida sacerdotal presenta.
Rezar por los sacerdotes para que nunca falten en la Iglesia las vocaciones sacerdotales, para que los sacerdotes sean santos ministros de los misterios de Dios y para que perseveren en su identidad y ministerio sacerdotal es el llamado que este Año del Sacerdote, apenas inaugurado por Su Santidad Benedicto XVI el 19 de junio pp., hace a todos los católicos del mundo.
“Madre de Cristo, Sumo Sacerdote, intercede siempre para que en la Iglesia haya numerosas y santas vocaciones, fieles y generosos ministros del altar. (Juan Pablo II, Jueves Santo 2004).
* El Rev. Padre Jorge Rodríguez, nació en México y es Vice –Rector del Seminario de Teología Saint John Vianney de la Arquidiócesis de Denver.
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