
Enseñanzas de las Sagradas Escrituras
Por el Exmo. Monseñor Charles J. Chaput.
En el Antiguo Testamento, el ejemplo más dramático de renovación a través de la Palabra de Dios es la historia de Josías, que se encuentra al final de 2 Reyes y de 2 Crónicas. Josías fue tal vez el más grande de los Reyes davídicos de Judá. Él gobernó durante un tiempo en que los líderes y la mayoría del Pueblo de Dios había asimilado los peores elementos de la cultura pagana que les rodeaba.
El abuelo de Josías fue el Rey Manasés, cuyos 55 años de liderazgo sobre Israel marcaron uno de los más oscuros periodos para el Pueblo de Dios. La Biblia nos cuenta que Mansés “hizo lo que era perverso a los ojos del Señor” que incluyó no sólo idolatría pagana sino el sacrificio de niños. Él ofreció incluso a sus propios hijos en sacrificio en el Valle de Hinnon y dado que la palabra en hebreo para valle es “Ge” fue conocido como el valle de Ge-henna, un nombre que el Nuevo Testamento usa como metáfora para el infierno.
Es sorprendente ver que el mismo Pueblo de Dios pudo degradarse de tal manera por la cultura pagana que sacrificó a sus propios niños. Pero obviamente no necesitamos mirar muy lejos para encontrar paralelos modernos. Amón, el hijo de Manasés, continuó con los pecados de su padre, y fue asesinado por sus propios sirvientes a penas dos años después de asumir el poder. Este evento dejó al hijo de Amón, Josías, como el gobernador de Israel a la edad de 8 años. Josías tenía todo en su contra: una cultura que había absorbido durante casi dos generaciones lo peor de las creencias y conductas paganas; una familia que se había apartado del Señor, y enormes responsabilidades y poder recibidos a muy temprana edad.
Sin embargo, la Biblia nos relata que “cuando todavía era joven, comenzó a buscar al Dios de su padre David” (2 Cro 34, 3). Estas son las lecciones de estas palabras. Para renovar a la Iglesia y al mundo “necesitamos comenzar por nosotros mismos”. Es una tentación ver los problemas morales de la cultura de hoy y querer comenzar nuestro trabajo allí, fuera de nosotros, centrados en otros.
Pero toda auténtica reforma comienza en nuestros propios corazones.
Josías eliminó los altares paganos de Jerusalén y el resto de Israel. Buena parte del Templo había sido abandonada. Alguna parte había sido adaptada para distintos cultos paganos. Josías ordenó que el Templo fuera purificado y renovado.
Durante la limpieza del Templo, el Sumo Sacerdote Jilquías descubrió “el libro de la ley” (2 Reyes 22, 8). Es decir la Palabra de Dios, como especialmente el Deuteronomio y talvez el resto del Pentateuco. Cuando el libro fue leído al Rey y al pueblo fue la primera vez que la Torá fue escuchada por aquella generación. En otras palabras, las cosas se habían pervertido de tal manera que Israel había perdido completamente la Palabra de Dios, siendo esta copia encontrada en el templo casi abandonado.
Cuando “el libro de ley” fue leío, Josías respondió con humildad y penitencia y rasgó sus vestiduras (2 Reyes 22, 11). El pueblo se sintió conmovido por su ejemplo. Renovaron la alianza y se apartaron del paganismo que habían aceptado.
Las reformas de Josías tuvieron éxito. Destruyó los templos paganos en el valle de Jinón “para que nadie inmolara en el fuego a su hijo o a su hija, en honor de Moloc” (2 Reyes 23, 10); restauró el templo y su culto; y con su liderazgo la ruptura entre Dios y su pueblo fue sanada.
La renovación tuvo lugar porque Josías recuperó la Palabra de Dios y la puso a disposición de todos. Como dice la Escritura, él leyó la Palabra de Dios a “el pueblo, desde el más pequeño al más grande” (2 Reyes 23, 2).
Esta es la razón por la cual en nuestros días el Concilio Vaticano II dijo que “la Iglesia enérgica y específicamente exhorta a todos los fieles cristianos… a aprender el supremo conocimiento de Jesucristo, mediante la frecuente lectura de las Sagradas Escrituras” (DV 25).
Necesitamos recordar la lección del testimonio de Josías; esta es, que necesitamos escuchar la Palabra de Dios. No sólo un día a la semana, sino todos los días, hasta que empape profundamente nuestras almas. Esto fue lo que hizo Josías y cualquier renovación personal o eclesial requiere que cada uno de nosotros recupere la práctica diaria de rezar y escuchar el amor de Dios.
La columna de este mes ha sido resumida y adaptada de la conferencia que el Arzobispo pronunció el 26 de junio ante la Asociación Nacional Católica de la Biblia.