
“Una Familia… una mesa. Muévete un poco para que se siente otro”
El ser distinto se ha convertido en un valor y así uno se abre a la idea de la diversidad
(Primera parte)
Por Luis Soto
“Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse. Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las naciones del mundo. Al oírse este ruido, se congregó la multitud y se llenó de asombro, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua” (Hch 2,4-6).
Este evento de Pentecostés marcó el inicio de la Iglesia. Es el evento fundacional de nuestra Iglesia Católica. De acuerdo a lo escrito en el libro de Los Hechos de los Apóstoles, había allí personas de distintas nacionalidades, de distintos idiomas, pero todos pudieron entenderse unos a otros, por razón del mismo Espíritu de Dios en todos ellos. La Iglesia, desde su fundación, nació diversa. Por eso su nombre Católica, que quiere decir universal. Esto es precisamente ser católico, ser miembro de la Iglesia que cree lo que Dios prometió a Abraham en el libro del Génesis “por ti se bendecirán todos los pueblos de la tierra” (Gen 12,3), y creer que Jesús es esa bendición para todos los pueblos. Por ser católicos creemos que la fe, el don del Evangelio, siempre está envuelto con características culturales. La gracia, la fe, siempre supone nuestra naturaleza y también nuestra naturaleza cultural.
Este tema ha sido y seguirá siendo central en la vida de la Iglesia. Ya lo fue durante el mismo libro de los Hechos, en el famoso Concilio de Jerusalén, cuando el tema de discusión era un tema cultural. Algo similar le ha pasado a la Iglesia de los Estados Unidos. Desde los inicios, el tema de la cultura o diferentes culturas ha jugado un papel central. Cada vez con más frecuencia encontramos lenguajes distintos al inglés hablados en las celebraciones litúrgicas, ya no sólo en zonas de gran población inmigrante, sino casi en todas partes. La pregunta sigue siendo la misma: ¿Entendemos que esto es algo querido por Dios, que esta es la manera como la Iglesia ha nacido y seguirá? Y segundo, ¿cómo respondemos a esta nueva realidad? ¿Qué hace nuestra Iglesia cuando, como en Pentecostés, el mundo entero está a la puerta?.
Los primeros inmigrantes católicos en los Estados Unidos vinieron con sus propios sacerdotes. Se establecieron en colonias de católicos italianos, polacos, alemanes, etc. Cada uno celebraba en su propia lengua. Parecía funcionar bien. Fue el modelo llamado de parroquias nacionales. De hecho varias parroquias hispanas surgieron bajo ese modelo. Las siguientes generaciones se esforzaron por asimilarse. Se buscó y se enfatizó que todos tenían que ser iguales, americanos, norteamericanos diríamos en español. La cultura estadounidense tendría que ser una mezcla de muchas culturas. Que ninguna dominara, sino que la mezcla de todas fuese la cultura. El inglés como el idioma oficial y no se dejó mucho espacio para la diversidad.
Los años pasaron y con ellos, cambios llegaron a la sociedad. El ser distinto se convirtió en valor y nos abrimos a la idea de la diversidad. Dijimos que el ministerio de la Iglesia Católica debía ser un ministerio multicultural. Se abrieron oficinas de pastoral étnica en diversos lugares. Oficinas de ministerio hispano se desarrollaron por todas partes de los Estados Unidos. Pero no sólo ministerio hispano, sino asiático, afro-americano, nativo-americano, etc.
Sin duda que en este siglo XXI un nuevo modelo está llegando. A raíz del Encuentro 2000, “muchos rostros en la casa de Dios”, la Iglesia está volteando en diferente dirección. La conferencia de Obispos le llama Unidad en la diversidad, otros buscan otros nombres. A fin de cuentas lo que se pretende es enfatizar que todos somos “Una misma Familia bajo el mismo Dios”. Un modelo que ofrecerá nuevos retos. El primero de todos es el reto de la bienvenida y el servicio a todos los hispanos, que cada vez somos más y demandamos más atención.
Por ejemplo, en la Arquidiócesis de Denver hay 45 parroquias que ofrecen algún servicio en español. Alrededor de 85 misas se celebran cada fin de semana en español en nuestra Arquidiócesis. Si pusiésemos un promedio generoso de 500 personas por misa, nos encontraríamos que alrededor de 40,000 personas van a Misa cada fin de semana. Pero somos alrededor de 400,000 hispanos en la arquidiócesis. Un nada optimista porcentaje del 10% asiste a misa.
¿Qué tendríamos que hacer? ¿Invitarlos? Pero si ya no cabemos en las Iglesias a las que asistimos, ¿dónde se sentarían?; ¿Ofrecer más misas en español? ¿De dónde saldrían sacerdotes para celebrarlas y en qué horario? Ya todos están ocupados. Una respuesta, desde mi punto de vista, es comenzar a hacer espacio en la mesa. Así como cuando estamos comiendo y llega alguien más.
Nosotros los líderes, los que hemos aprendido un poco de la fe, deberíamos comenzar a cambiarnos a la Misa en ingles. En ellas hay espacio normalmente, ya seguiremos hablando de esto en un par de meses… (continuará).