El misterio del Papa en Tierra Santa
La lección de Benedicto XVI para el mundo
Por el Rev. Padre Daniel Cardó, S.C.V.
El reciente viaje de Benedicto XVI a Tierra Santa ha suscitado diversas reacciones entre católicos y no católicos. Ha sido un viaje histórico, una peregrinación de paz por pueblos marcados por conflictos y odios, en la que el Papa ha pronunciado palabras que han dado mucho para reflexionar y comentar. Pero quizá una de las cosas más importantes es algo que ningún medio comenta y que pocos se preguntan: ¿por qué, a fin de cuentas, es importante el viaje del Papa para los países y territorios que ha visitado?
Si tratamos de comprender, desde un punto de vista meramente humano, los gestos de respeto y acogida que Benedicto XVI recibió de las diversas autoridades durante su peregrinación, nos encontramos con una desproporción. El Papa representa al Vaticano, un Estado de 824 personas, y es el líder de una religión cuya presencia no es más que una pequeña minoría en esas tierras (por ejemplo, en Jordania, los católicos son sólo el 1.5 % de la población).
¿Cuántos otros líderes de estado o de otras religiones son recibidos por reyes o presidentes en esos mismos aeropuertos? La importancia de la presencia del Papa no radica en su poder humano, sino en el misterio del que es portador. El Papa es el Sucesor de Pedro, la piedra sobre la que el Señor quiso edificar su Iglesia. Es el Vicario de Cristo. Y Cristo es la Roca Eterna (Is 26,4). “Los que confían en el Señor son como el Monte Sión: no vacila, está asentado para siempre” (Salmo 125,1).
Benedicto XVI, precisamente desde Sión, nos ha dado ejemplo de esto. Sin vacilar, su presencia ha irradiado paz y su palabra ha traído luz, porque su confianza está en el Señor y porque el Papa representa el único misterio que puede dar esperanza a un mundo que no encuentra respuestas: la Iglesia.
Desde ese misterio nos ha dicho en Tierra Santa que la paz es ante todo un don de Dios y que la primera tarea para la paz es la oración, pues estamos “convencidos de que Dios escucha y de que puede actuar en la historia”. Nos ha enseñado que la seguridad es importante, pero que exige ante todo confiar en el otro. Nos ha recordado que si bien la paz exige todo esfuerzo de parte de los gobiernos, ésta depende finalmente de la conversión de los corazones.
Desde ese misterio además, nos ha hablado de la importancia de la razón: sin ésta, sin la certeza de que podemos llegar a la verdad, no puede existir un diálogo auténtico que permita la paz. Nos ha mostrado que la razón es importante porque Dios mismo es Razón, la Palabra que se hizo carne por amor y que nos permite colaborar con su Plan sabio y amoroso. Nos ha enseñado nuevamente que “nuestra vida como cristianos no es sólo un esfuerzo humano por vivir las exigencias del Evangelio impuestas a nosotros como deberes… (que) nuestras vidas se convierten en una aceptación agradecida, dócil y activa del poder de un amor que se nos ha dado”. Esta “aceptación agradecida, dócil y activa” se vuelca en un compromiso por la reconciliación. Aunque en un plano meramente humano parezca imposible, los cristianos de Tierra Santa tienen una misión decisiva por la paz, porque son depositarios de ese amor que siempre perdona y que lo dio todo en la Cruz.
Queda hondamente grabado en la memoria el recuerdo de los largos momentos de silencio en los que el Papa, a sus 82 años, rezó arrodillado en ese pequeño cuarto vacío que es el Santo Sepulcro. Ése es el misterio que da esperanza al mundo: en silencio, un cuarto vacío nos recuerda que Dios no nos olvida, que Él ya venció el mal y que podemos participar de esa victoria. El silencio de esa oración, el vacío de ese cuarto, nos invitan a la alegría: la historia ya cambió y puede cambiar. Ésa es la lección del Papa en Tierra Santa; ésa es la fuerza del misterio que él porta en su debilidad. Haciendo eco de la “extraordinaria cortesía” con que Dios invitó a María a decirle sí, el Papa nos ha invitado también a decir sí y a trabajar por la paz. Dios quiera que su lección sea acogida.
El P. Daniel Cardó es miembro del Sodalitium Christianae Vitae, una Sociedad de Vida Apostólica. Junto a su comunidad, el P. Daniel reside en el Centro de Retiros Saint Malo en Allenspark, CO.
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