
Identidad Sacerdotal: Ministerio in persona Christi
Reflexiones ante el inicio del Año Jubilar dedicado al sacerdote
Por el Rev. Prudencio Rodríguez de Yurre, C.M.
El pasado marzo el Papa Benedicto XVI convocó un “año jubilar” dedicado al sacerdote católico en recuerdo del famoso presbítero francés san Juan Maria Vianney en el 150 aniversario de su muerte.
En este contexto me prepongo describir algunas características esenciales del ministerio del sacerdote católico hoy día, con la esperanza de esclarecer algunas nociones confusas que en diferentes ocasiones los medios de comunicación han propagado equivocadamente como doctrina y teología católica.
En primer lugar al hablar del sacerdote católico lo tenemos que enfocar siempre desde la perspectiva de “ministerio”. El sacerdocio no es profesión, carrera, o simplemente un trabajo. El Concilio Vaticano II establece que el Bautismo hace de todos los cristianos un pueblo sacerdotal. Este ministerio llamado sacerdocio común se ofrece a toda la Iglesia como don y tarea ministerial. Por el Bautismo y una responsable participación en la misión de la Iglesia y la parroquia todo cristiano participa en este ministerio de Cristo. Ahora bien, el sacerdocio ministerial, establece el mismo Concilio Vaticano II, es esencialmente diferente del ministerio común de todos los fieles “porque en virtud de la sagrada potestad de que goza, modela y dirige al pueblo sacerdotal, efectúa el sacrificio eucarístico ofreciéndolo a Dios en nombre de todo el pueblo…” (Lumen Gentium #10.)
Una noción popular equivocada que muchas veces los medios de comunicación proponen como la única característica del sacerdocio católico es el celibato. En el contexto teológico, para entedender el celibato del sacerdote católico, se debe conocer el carácter del Sacramento de Ordenes en la Iglesia. Hay dos elementos esenciales: en el Sacramento de Ordenes, la recepción del don de ministerio (charisma), y el rito a través del cual este don es conferido. En el rito de ordenación hay dos momentos esenciales La imposición de manos por el Obispo y todos los sacerdotes presentes implorando la intercesión del Espíritu Santo, y la Promesa que el Obispo pide del candidato sacerdotal de obediencia y castidad.
Por la imposición de manos el mismo Cristo, a través del Espíritu Santo, otorga el carisma sacerdotal. En la promesa de obediencia y castidad el candidato sacerdotal libremente acepta la disponibilidad ministerial de servicio y entrega al Pueblo de Dios. En las propias palabras del Papa Juan Pablo II en su Exhortación Apostólica Pastores Dabo Vobis, “El celibato sacerdotal no se puede considerar simplemente como una norma jurídica, sino como un valor profundamente ligado con la Sagrada Ordenación”.
Actuar en nombre de Cristo
El ministerio del sacerdote católico es por esencia servicio y disponibilidad a interceder por los fieles ante Dios. El Sacramento de Ordenación le consagra a ser Alter Cristus. No es poder lo que el sacramento le dá, sino más bien ese don sublime y responsable de actuar en nombre de Cristo, sobretodo en la celebración de La Sagrada Eucaristía, y el Sacramento de la Reconciliación.
Los peligros que acosan al sacerdocio católico hoy día son tanto intrínsicos como extrínsecos. Intrínsicos pueden ser situaciones ministeriales que proviniendo de la potestad de ordenes hagan de él un agente de servicios y trabajos pastorales que causen desfallecimiento y rutina. Este peligro proviene de una continua multiplicación de tareas y servicios pastorales que no dejan tiempo para la oración y la fraternidad sacerdotal. Por otra parte, el mundo y la cultura en la que hoy día vive el sacerdote puede contagiar sus más altas aspiraciones de servicio y entrega. Las nuevas tecnologías y las exigencias administrativas de la parroquia pueden apartarle de un contacto directo y personal con los fieles.
En el curso de Teología Pastoral que yo ofrezco en el seminario de San Juan Vianney insisto a los seminaristas que el ministerio del sacerdote en la parroquia de hoy día necesita estar centrado en la imagen del sacerdote como Pastor. Pastor es aquél que es miembro del Cuerpo de Cristo, llamado por Dios y la Iglesia, elegido por ordenación para proclamar la Palabra, administrar los sacramentos, guiar y alimentar a los fieles hacia el Reino que el mismo Dios, a través de su Hijo le ha encomendado (San Gregorio Nacianceno).
En respuesta a la llamada que el Santo Padre Benedicto XVI nos hace en este Año Jubilar dedicado al sacerdote, sería conveniente enfatizar esa característica esencial del sacerdote de hoy como portador de un ministerio que no es suyo, sino del mismo Cristo, y que siempre debe poner al servicio de la comunidad de fe. De aquí que el sacerdocio sea siempre un llamado de Dios. Ese llamado es gratuito y requiere una respuesta libre y generosa. Esta entrega y servicio se hace por amor a Dios y amor al Pueblo de Dios.
En conclusión, el sacerdote, actuando en nombre de Cristo, lleva a cabo la misma misión que Jesús vino a traer al mundo: “El Espíritu del Señor está sobre mí. Él me ha ungido para llevar la Buena Nueva a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos, y los ciegos pronto van a ver, para despedir libres a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor”(Lucas 4, 18-19).
El Padre Rodríguez es profesor de Teología Pastoral en el Seminario St. John Vianney en Denver, CO.