
Sobre la inmigración
Por el Exmo. Monseñor Charles J. Chaput.
Al inicio de esta semana, un sacerdote mexicano amigo mío, un hombre que ha aprendido a amar los Estados Unidos durante el tiempo en que ha servido a nuestro pueblo aquí, me escribió un correo electrónico con las siguientes palabras:
“Existe una grandeza particular del carácter de los EE.UU. Una grandeza propia de su pueblo, y de su papel como líder mundial.
Pero esto precisamente hace que sea más increíble que la primera nación del mundo se esconda, impida o rechace enfrentar una crisis de inmigración que tiene un impacto tan grande en la sociedad norteamericana. En el primer país del mundo “¿es realmente tan imposible para los legisladores encontrar una solución al problema inmigratorio; una solución que pueda servir no sólo a los derechos de algunas de las partes involucradas, sino a todas? ¿No es precisamente la creatividad norteamericana la razón por la que EE.UU. se convirtió en el líder mundial?”
En los últimos años, EE.UU. se ha encontrado en un callejón sin salida en el tema de la reforma migratoria. Algunas voces razonables han surgido desde ambos partidos políticos para describir lo evidente: nuestras políticas inmigratorias están desactualizadas y nuestras leyes de inmigración muy frecuentemente son incompatibles con la realidad o las necesidades reales de nuestra nación. Pero en general tanto demócratas como republicanos, han realizado un trabajo igualmente incompetente para tratar de reparar un sistema quebrado. Y este es el resultado: millones de inmigrantes indocumentados viven y trabajan en los Estados Unidos.
La gran mayoría contribuyen en nuestra economía y se rigen por nuestras leyes. Muchos tienen hijos que son ciudadanos norteamericanos, o que han estado tanto tiempo en los EE.UU. que no conocen otra patria. Pero viven en una penumbra legal que es moral inexcusable. Son esenciales para nuestra economía, pero tienen muy pocas protecciones legales y miles de familias se han visto separadas por arrestos y deportaciones.
Necesitamos recordar que la manera como tratábamos a los débiles, enfermos, ancianos, los niños no-nacidos y los inmigrantes impactan en nuestra propia humanidad. Nos convertimos en lo que hacemos, para bien o para mal. La Iglesia católica respeta las leyes, incluyendo las leyes migratorias. Respetamos a los hombres y mujeres que tienen la difícil tarea de aplicarla. Nosotros no ayudamos, ni animamos a nadie a quebrar la ley. Creemos que los norteamericanos tienen el derecho a instituciones públicas solventes, fronteras seguras y a una regulación ordenada de la inmigración.
Pero no podemos ignorar a las personas en necesidad y no nos mantendremos callados acerca de leyes que no funcionan o que en su “funcionamiento” crean contradicciones y sufrimientos insoportables. A pesar del acalorado debate público en los últimos años los norteamericanos todavía se encuentran estancados con un sistema migratorio que no sirve adecuadamente a nadie. Necesitamos urgentemente el tipo de reforma migratoria que confronte nuestras necesidades económicas y de seguridad. Pero que también regularice el status de los numerosos inmigrantes indocumentados decentes que ayudan a que nuestra sociedad crezca.
Un nuevo congreso y un nuevo presidente sirven en Washington. Ellos tienen una extraordinaria oportunidad para actuar rápida y justamente para resolver este problema.
Para su crédito, el congresista Jared Polis está tratando de quebrar el impase migratorio y mientras bi-partidario sea el esfuerzo, mejor. Polis merece el compromiso y el consejo de la comunidad católica de Colorado y de todas las personas de buena voluntad. Gente buena puede estar en desacuerdo honestamente respecto de los elementos específicos de la reforma migratoria. Pero no podemos honestamente ignorar la necesidad de una reforma o el sufrimiento de familias que pagan el precio de nuestro no hacer nada. Tenemos que llegar a los pasos prácticos para cambiar nuestras leyes migratorias de una manera razonable y positiva… ahora.
Nos convertimos en lo que hacemos, para bien o para mal. Si actuamos y hablamos como intolerantes, eso es en lo que nos convertimos. Si actuamos con justicia, inteligencia, sentido común y misericordia, entonces nos convertimos en algo completamente diferente. Nos convertimos en el pueblo y la nación que Dios quiere que seamos. La crisis migratoria de nuestra nación es una prueba para nuestra humanidad, si pasamos o no esta prueba queda completamente a nuestra discreción. Tengo el gusto de unirme al congresista Polis en auspiciar un foro abierto sobre reforma migratoria en la Parroquia Immaculate Heart of Mary el 13 de junio. Esta reunión es muy importante. Los animo a que asistan, escuchen y compartan sus ideas.