
Madre María: toda amor, toda dulzura
Los santos expresan hermosamente su amor a Santa María a lo largo de los siglos
Por el Equipo de Redacción
Un hermoso dicho latino de San Bernardo expresa con bellas palabras la experiencia de todo cristiano al tratar de poner en palabras el amor que nuestra Madre suscita en sus hijos: De Maria numquam satis; nunca es suficiente lo que podamos decir de María.
Nunca podemos decir todo lo que nuestro corazón comprende de esa Madre buena y bella, toda amor y toda dulzura.
Los santos, quienes más que nadie saben que nunca es suficiente lo que se pueda decir de María, son sin embargo quienes mejor pueden expresar la grandeza de la Madre de Dios. En este mes de mayo, dedicado a la Virgen María, publicamos una selección de textos de algunos de los mejores de sus hijos.
Mira a la estrella, invoca a María
Si se levanta la tempestad de las tentaciones, si caes en el escollo de las tristezas, eleva tus ojos a la Estrella del Mar: invoca a María!
Si te golpean las olas de la soberbia, de la maledicencia, de la envidia, mira a la estrella, invoca a María! Si la cólera, la avaricia, la sensualidad de tus sentidos quieren hundir la barca de tu espíritu, que tus ojos vayan a esa estrella: invoca a María!
Si ante el recuerdo desconsolador de tus muchos pecados y de la severidad de Dios, te sientes ir hacia el abismo del desaliento o de la desesperación, lánzale una mirada a la estrella, e invoca a la Madre de Dios.
¡En medio de tus peligros, de tus angustia, de tus dudas, piensa en María, invoca a María!
El pensar en Ella y el invocarla, sean dos cosas que no se aparten nunca ni de tu corazón ni de tus labios. Y para estar más seguro de su protección no te olvides de imitar sus ejemplos.
¡Siguiéndola no te pierdes en el camino! ¡Implorándola no te desesperarás!
¡Pensando en Ella no te descarriarás! Si Ella te tiene de la mano no te puedes hundir. Bajo su manto nada hay que temer. ¡Bajo su guía no habrá cansancio, y con su favor llegarás felizmente al Puerto de la Patria Celestial!
Por San Bernardo (Siglo XII), sus obras son de tierna devoción, de piedad afectiva y práctica, de confianza, dulzura, doctrina, de declaraciones de amor a Dios y a la Virgen, tuvieron un vastísimo eco en su siglo y en la espiritualidad sucesiva. Es Doctor de la Iglesia.
Fui ofrecida y donada a ti
¡Oh María, María, templo de la Trinidad! ¡Oh María, portadora del Fuego! María, que ofreces misericordia, que germinas el fruto, que redimes el género humano, porque, sufriendo la carne tuya en el Verbo, fue nuevamente redimido el mundo.
¡Oh María, tierra fértil! Eres la nueva planta de la que recibimos la fragante flor del Verbo, unigénito Hijo de Dios, pues en ti, tierra fértil, fue sembrado ese Verbo.
Eres la tierra y eres la planta. ¡Oh María, carro de fuego! Tú llevaste el fuego escondido y velado bajo el polvo de tu humanidad.
¡Oh María! vaso de humildad en el que está y arde la luz del verdadero conocimiento con que te elevaste sobre ti misma, y por eso agradaste al Padre eterno y te raptó y llevó a sí, amándote con singular amor.
¡Oh María, dulcísimo amor mío! En ti está escrito el Verbo del que recibimos la doctrina de la vida... ¡Oh María! Bendita tú entre las mujeres por los siglos de los siglos.
Haz, oh María que nunca me salga del corazón, ni de la memoria, ni del alma, que fui ofrecida y entregada a ti. Te pido pues, que tú me presentes y me ofrezcas al dulce Jesús, tu Hijo; y tú lo harás como dulce y benigna Madre de misericordia.
Por Santa Catalina de Siena (Siglo XIV), terciaria dominicana, llamada por Jesús a la vida mística y luego a la vida pública. Realizó obras de pacificación entre los gobernantes italianos, llamó al Papa de Aviñón a Roma. Es escritora de ascética y mística con páginas de un ardiente fervor. Es Doctora de la Iglesia.
Yo soy todo tuyo
¡Salve, oh María, hija dilecta del eterno Padre; salve, oh María, Madre admirable del divino Hijo; salve, oh María, esposa fidelísima del Espíritu Santo; salve, oh María, querida Madre mía, mi amable dueña y mi poderosa soberana; salve María, Señora mía, mi tesoro, mi belleza, reina de mi corazón, madre, vida, dulzura, esperanza mía más querida, mi alegría, mi corazón y mi alma!
Tú eres toda mía y yo soy todo tuyo, pero no lo soy todavía lo suficiente; y cuanto tengo es tuyo, sobre cualquiera otra cosa Virgen bendita.
A ti, pues, de nuevo me entrego totalmente, como eterno esclavo, sin ninguna reserva. Si descubres en mí algo que todavía no sea tuyo, tómalo, te lo pido, en este momento, y sé tú la dueña absoluta de todo lo que tengo; destruye en mí, arranca de raíz, aniquila todo lo que disgusta a Dios, y siembra en mí, levanta, obra todo lo que te gusta.
Tu fe disipe mis tinieblas, tu profunda humildad sustituya mi orgullo. Tu sublime contemplación frene mis vagabundas distracciones. Tu visión ininterrumpida de Dios llene mi mente de su presencia; el incendio de la caridad de tu corazón dilate e inflame el mío.
Oh mi queridísima y dilecta Madre, haz, si es posible, que yo no tenga otro espíritu sino el tuyo para conocer a Jesucristo y su divina voluntad; que yo no tenga otra alma sino la tuya para alabar y glorificar a Dios; que yo no tenga otro corazón sino el tuyo para amar a Dios con puro y ardiente amor como tú.
Yo no te pido visiones ni revelaciones; por mi porción aquí en la tierra no quiero sino la que tú tuviste en el mundo, esto es: creer puramente, sin gustar ni ver; sufrir con alegría; morir continuamente y sin tregua a mí mismo; trabajar muchísimo por ti.
Por San Luis Grignon de Montfort (Siglo XVIII), sacerdote francés, predicador itinerante de las misiones del pueblo. Fue original especialmente en la exposición clara y divulgativa de la doctrina mariana en el “Tratado de las verdadera devoción” por el cual llegó a ser uno de los más famosos apóstoles de María.
Sobre María, la Madre de Jesús
A propósito de la Santísima Virgen, quiero confiarte una de las simplezas que tengo con ella. A veces me sorprendo diciéndole: “Querida Virgen Santísima, me parece que yo soy más dichosa que tú, porque yo te tengo a ti por Madre, mientras que tú no tienes una Virgen Santísima a quien amar… Es cierto que tú eres la Madre de Jesús, pero ese Jesús nos lo has dado por entero a nosotros…, y él, desde la cruz, te nos ha dado a nosotros por Madre. Por eso, nosotros somos más ricos que tú, pues poseemos a Jesús y tú eres nuestra también. Tú, en otro tiempo, en tu humildad, deseabas ser un día la humilde esclava de la Virgen feliz que tuviera el honor de ser Madre de Dios; y ahora yo, pobre criaturita, soy no ya tu esclava sino tu hija. Tú eres la Madre de Jesús y eres mi Madre». Seguro que la Santísima Virgen se ríe de mi ingenuidad, y, sin embargo, lo que le digo es una gran verdad...” (Carta 137, a Celina).
Por Santa Teresita de Lisieux (Siglo XIX), llegó a una precoz y extraordinaria santidad caracterizada por la plena confianza en el amor de Dios y fidelidad a los pequeños deberes de cada instante. Es patrona de las misiones y Doctora de la Iglesia.
¡Bendita eres entre todas las mujeres!
Bendita porque creíste en la palabra del Señor, porque esperaste en sus promesas, porque fuiste perfecta en el amor.
Bendita por tu caridad presurosa con Isabel, por tu bondad materna en Belén, por tu fortaleza en la persecución, por tu perseverancia en la búsqueda de Jesús en el templo, por tu vida sencilla en Nazaret, por tu intercesión en Caná, por tu presencia maternal junto a la Cruz, por tu fidelidad en la espera de la Resurrección, por tu oración asidua en Pentecostés.
Bendita eres por la gloria de tu Asunción a los cielos, por tu maternal protección sobre la Iglesia, por tu constante intercesión por toda la humanidad.
Por el Papa Juan Pablo II (Siglo XX), desarrolló una amplia Mariología a lo largo de su Pontificado por más de 20 años. Juan Pablo II es Siervo de Dios.del amor”.