
Orgulloso de ser católico
Sentirse en casa lejos de casa, la cultura católica mexicana
Por el Exmo. Monseñor James D. Conley.
¡Bendiciones y paz! Ya de regreso de Guadalajara, centro del corazón Católico de México, en donde estuve estudiando un curso intensivo de español, quiero compartir algunas palabras con ustedes.
Elegí la ciudad de Guadalajara porque tiene una tradición católica rica y es una ciudad donde la fe es excepcionalmente viva y activa.
En el corto tiempo que estuve ahí, me di cuenta que esto es verdad. Por ejemplo, la Arquidiócesis de Guadalajara tiene el seminario más grande del mundo con más de 1,000 seminaristas, todos preparándose para ser sacerdotes en la Arquidiócesis de Guadalajara. En una de las semanas que estuve ahí, celebré la Santa Misa en el seminario menor (estudiantes de preparatoria) para unos 400 jóvenes seminaristas.
El programa de idiomas exigía el aprender uno-a-uno. Mis profesores fueron muy buenos y competentes. También fueron pacientes conmigo en mi tendencia de caer en el italiano, el cual es mi modo por defecto. Mis profesores eran católicos y mucho de lo que dialogamos en clase estuvo centrado en la fe.
La familia que me acogió vivía a una cuadra de la parroquia local en el vecindario Chapalita. Rápidamente descubrí que esa parroquia era el centro espiritual de la vida diaria en esta zona de Guadalajara. En la parroquia habían seis misas diarias y doce misas dominicales. Al costado de la iglesia había una hermosa capilla de Adoración al Santísimo en donde la gente iba y venía para pasar tiempo en oración silente ante nuestro Señor en el Santísimo Sacramento.
Yo sé que no debemos mirar a otras personas cuando rezamos, pero no podía dejar de ver los diversos tipos de personas que iban a la capilla a rezar tan natural, fluida y normalmente – jóvenes adolescentes, hombres de negocios saliendo o regresando de sus casas, madres con niños en sus brazos y niños en sus carreolas, abuelas ancianas llevadas por sus nietos y campesinos indígenas cuyas vidas son difíciles pero con una fe fuerte.
El miércoles de Ceniza, además de la sexta Misa diaria, las cenizas fueron distribuidas a cada hora a lo largo del día hasta las 10 de la noche. Mientras estaba arrodillado en la parte de atrás de la iglesia esperando ir a recibir mis cenizas, todo el mensaje de Cuaresma –el llamado a rezar, la penitencia y la limosna– se me hicieron clarísimos. Me puse en la fila para recibir mis cenizas, un signo de negación de uno mismo y de nuestra propia mortalidad, estuve al lado del joven y el anciano, del rico y el pobre, todos pecadores, todos necesitados de conversión, todos buscando ser mejor de lo que somos.
Enormes símbolos estaban puestos fuera de la iglesia recordándonos de los días de ayuno y abstinencia durante Cuaresma, totalmente conscientes de nuestra fragilidad humana nos olvidamos de la ley de la Iglesia y necesitamos que se nos recuerde.
Mientras que las cenizas eran distribuidas, los sacerdotes iban escuchando las confesiones en los confesionarios, la gente estaba rezando en la capilla del Santísimo y los fieles salían y entraban de manera sencilla y cotidiana. Esto era parte de la estructura de sus vidas. Al final de la distribución de las cenizas, los voluntarios fueron alrededor de todos los fieles recogiendo la colecta, una ofrenda magra por cierto, pero, como lo pequeño de la viuda en el Evangelio, esta era gente de fe que se daba cuenta de su necesidad, dar de su propia carencia.
Oración, penitencia y limosna, estaba todo ahí en ese instante frente a mis ojos. A pesar de no saber el idioma y verme totalmente inmerso en una cultura diferente a la mía, me sentí sin lugar a dudas en casa, y orgulloso de ser católico.
Y como si no fuese suficiente, fuera de la iglesia habían ambulantes vendiendo tamales de verdura y otros platos sin carne para que la gente se los lleve a casa o coman en ese lugar. ¡Esa es la cultura católica!