La Cuaresma, un tiempo para convertirse
Conozca y aprenda sobre este valioso tiempo litúrgico para todo católico
Por Jorge Luna

El camino del cristiano es un constante camino de conversión. Dentro de este camino, la Iglesia nos invita cada año a profundizar más en nuestros esfuerzos por acercanos al Señor durante el tiempo de Cuaresma.
Durante la Cuaresma hacemos un esfuerzo por crecer en santidad y así prepararnos adecuadamente para la gran fiesta de la Pascua. Es tiempo para arrepentirnos de nuestros pecados y de cambiar algo de nosotros para ser mejores y poder vivir más cerca de Cristo, más como Cristo.
¿Cómo se inició la celebración de la Cuaresma?
En los primeros años de la Iglesia la duración de la Cuaresma variaba. Finalmente alrededor del siglo IV se fijó su duración en 40 días. Es decir, que ésta comenzaba seis semanas antes del domingo de Pascua. Por tanto, un domingo llamado, precisamente, domingo de cuadragésima.
En los siglos VI-VII cobró gran importancia el ayuno como práctica cuaresmal, presentándose un inconveniente: desde los orígenes nunca se ayunó en domingo por ser día de fiesta, la celebración del Día del Señor. ¿Cómo hacer entonces para respetar el domingo y, a la vez, tener cuarenta días efectivos de ayuno durante la cuaresma? Para resolver este asunto, en el siglo VII, se agregaron cuatro días más a la cuaresma, antes del primer domingo, estableciendo los cuarenta días de ayuno, para imitar el ayuno de Cristo en el desierto. (Si uno cuenta los días que van del Miércoles de Ceniza al Sábado Santo y le resta los seis domingos, le dará exactamente cuarenta).
Así la Iglesia empezó la costumbre de iniciar la Cuaresma con el miércoles de Ceniza, costumbre muy arraigada y querida por el pueblo cristiano. La Cuaresma dura 40 días; comienza el Miércoles de Ceniza y termina el Domingo de Ramos, día que se inicia la Semana Santa.
La duración de la Cuaresma está basada en el símbolo del número cuarenta en la Biblia. En ésta, se habla de los cuarenta días del diluvio, de los cuarenta años de la marcha del pueblo judío por el desierto, de los cuarenta días de Moisés y de Elías en la montaña, de los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto antes de comenzar su vida pública, de los 400 años que duró la estancia de los judíos en Egipto. En la Biblia, el número cuatro simboliza el universo material, seguido de ceros significa el tiempo de nuestra vida en la tierra, seguido de pruebas y dificultades.
A lo largo de este tiempo, sobretodo en la liturgia del domingo, hacemos un esfuerzo por recuperar el ritmo y estilo de verdaderos creyentes que debemos vivir como hijos de Dios. Es un tiempo de preparación de especial sacrificio y oración que nos deben hacer retornar a lo esencial de nuestras vidas, nuestra relación con Dios. Es por eso que durante la cuaresma una de los medios que se suelen poner es el de renunciar a cosas que no son esenciales para nuestra vida o también aprovechar para renunciar a algo que nos esté alejando o distrayendo de Dios.
El color litúrgico de este tiempo es el morado que significa luto y penitencia. Es un tiempo de reflexión, de penitencia, de conversión espiritual; tiempo de preparación al misterio pascual.
Tiempo de penitencia
La cuaresma es un tiempo privilegiado de penitencia. Entonces es necesario entender adecuadamente como vivirla para que realmente sea de provecho para nuestra vida espiritual. La penitencia no es una práctica que haya sido inventada por la Iglesia, sino más bien una realidad que siempre ha estado presente en la historia humana, siempre ligada a un profundo sentido religioso.
Ya en el Antiguo Testamento podemos apreciar el sentido religioso de la penitencia. La práctica exterior va acompañada de una actitud interior de “conversión”. Esto significa del deseo de alejarse del pecado y de acercarse a Dios. En el Antiguo Testamento las personas se privaban del alimento y se despojaban de sus propios bienes (ver Is 58, 6.7.10). Aun después que el pecado ha sido perdonado, e independientemente de la petición de gracias se ayuna y se emplean vestiduras penitenciales para someter a aflicción “el alma”, para volver la mirada hacia Dios, para prepararse a la oración (Ver Dn 9, 3), para prepararse al encuentro con Dios (Ver Ex 34, 28). La penitencia es así, un acto religioso personal, que tiene como fin el amor y el abandono en el Señor.
Así, es importante recalcar que el acto externo siempre debe ser acompañado por una conversión interior. El acto penitencial debe ser expresión de lo que está pasando en nuestro corazón “Rasgad los corazones y no las vestiduras; convertíos al Señor, Dios vuestro”.
La penitencia –en el Antiguo Testamento- también aparece como prueba de perfección y santidad y como medio de expiación por los pecados de los otros. En ese sentido también nosotros podemos ofrecer nuestros sacrificios por los demás y así crecer en virtud y generosidad.
Todos estos aspectos que vemos presentes en el Antiguo Testamento adquieren una dimensión nueva y mucho más profunda en Cristo y en la Iglesia. Cristo, nos enseña con el ejemplo. El antes de iniciar su ministerio, pasó cuarenta días y cuarenta noches en la oración y en el ayuno, e inauguró su misión pública con este mensaje gozoso: “El reino de Dios está cerca”, “convertíos y creed en el Evangelio”. Estas palabras que el sacerdote pronuncia al ponernos las cenizas en la frente al iniciar el tiempo de Cuaresma resumen lo que debemos vivir en este tiempo y en toda nuestra vida cristiana.
Cristo al venir nos ilumina y nos muestra la santidad de Dios y la gravedad del pecado en nuestras vidas. Así, llamándonos a la conversión, nos llama a acercarnos a él, que perdona los pecados del mundo, y que mediante el sacramento del bautismo nos hace hijos de Dios y de la Iglesia. Y es precisamente en la comunidad eclesial donde el don recibido en el bautismo, para nuestra conversión, se restaura, se renueva y se fortalece mediante el sacramento de la penitencia.
El ayuno
El Santo Padre en su mensaje para la Cuaresma de este año, nos invita a profundizar en la práctica del ayuno, como una práctica que debemos recuperar para nuestro propio bien espiritual, valorizando el significado auténtico y perenne de esta antigua práctica penitencial, que puede ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el corazón al amor de Dios y del prójimo.
Si miramos en las Sagradas Escrituras y a lo largo de toda la tradición cristiana encontraremos distintas menciones de cómo esta disciplina es siempre una gran ayuda para evitar el pecado y todo lo que induce a él. Lo encontramos presente en la manera en la que los primeros cristianos vivían. También los Padres de la Iglesia lo mencionan como un medio para frenar el pecado, reprimir los deseos del hombre viejo y acercarnos a Dios. Y no faltan tampoco los numerosos ejemplos de los santos. Por eso, ese redescubrimiento al que nos llama el Santo Padre, es una invitación a valorar el ayuno no sólo durante este tiempo sino también fuera del contexto de la Cuaresma.
El Papa señala en su mensaje también que la practica cuaresmal nos debe ayudar a descubrir el “verdadero ayuno”, que es cumplir el Plan de Dios (ver Jn 4, 34). Es decir, educarnos en mortificar nuestro egoísmo y abrir el corazón con generosidad a lo que Él nos pida.
Cada vez que ayunemos debemos tomar conciencia de cómo dejar de comer el alimento material que nutre el cuerpo nos “facilita una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación”. Con el ayuno y la oración dejamos que Dios sacie las necesidades más profundas de nuestro ser: “el hambre y la sed de Dios”.
De la misma manera, el ayuno es una magnifica ocasión para vivir la solidaridad. Porque nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos. Mediante nuestro esfuerzo y sacrificio y también mediante la practica de la limosna “demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño”.
Así pues que nuestros esfuerzos por acoger la invitación del Santo Padre nos ayuden a descubrir verdaderamente como el ayuno es una magnífica “arma espiritual para luchar contra cualquier posible apego desordenado a nosotros mismos”, y en ese sentido es una excelente ayuda para nosotros mismos que queremos acercarnos a Dios.
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