
Una Cuaresma de ayuno
La invitación de Su Santidad va más allá del abstenerse a comer algo
Por Rossana Goñi
El otro día escuché a un amigo decir que de las tres disciplinas que la Iglesia nos sugiere vivir durante la Cuaresma -oración, ayuno y limosna- para él, el ayuno era la más difícil de vivir. Yo nunca me había puesto a pensar cuál de estas tres propuestas de la Iglesia para la Cuaresma era la más exigente, y creo que efectivamente en el mundo que vivimos hoy, el ayuno en relación a dejar de comer algo es quizá la más exigente en la cultura en la que estamos.
El valor que se le ha dado a la comida en estos días creo que sobrepasa su importancia en sí misma, que es la de nutrirnos y, sanamente, convertirla en una ocasión de celebración. Pero hoy en día, los alimentos son o exaltados o aplastados. Cuando uno va a un supermercado y observa la cantidad de opciones y la cantidad extrema de alimentos de todo tipo que uno puede comprar es impresionante. Es decir, uno puede comer no sólo lo que necesite o provoque, sino incluso lo que ni siquiera pensaba que podía desear.
Sin duda, ante esta presión por el consumo de alimentos como una forma de placer, es un verdadero avance en la lucha personal el abstenerse de lo superfluo en el comer: es una manera de esforzarse por tener un gobierno de sí mismo.
Sin embargo, también es impresionante como esta atención por los alimentos se da en otro sentido. Aquellas personas, particularmente mujeres que sufren de desordenes alimenticios, no necesariamente graves, pero reales: por ejemplo, la atención exagerada a aquello que “me va a engordar”. O la obsesión por mirar la cantidad de calorías, grasas, colesterol y otros detalles de cada cosa que compro.
Sabemos que, con la bulimia o la anorexia, existen formas exageradas que pueden llegar incluso a costar la vida de mujeres; pero incluso cuando no se trata de casos extremos, en vez de pensar en una alimentación sana, convertimos los alimentos en un ídolo, en una obsesión. ¿Por qué? En el fondo, creo que por tener una valoración errada del cuerpo y de quiénes somos de verdad. Creo que todos entendemos que alimentarnos sanamente es algo bueno y deseado por Dios. De eso no hay duda. El punto está en el valor y atención equivocados que le damos a la comida y a la relación con nuestro cuerpo.
Esta obsesión por la comida-cuerpo, trae sin duda consecuencias; y hoy es tan dominante en nuestra sociedad, que pensar en el ayuno resulta cada vez más difícil. ¿Dieta para verme mejor? Eso sí, tal vez. Pero ¿Ayuno para ofrecerlo a Dios? Eso se comprende cada vez menos.
Para nosotros los cristianos el ayuno no es sólo refrenarse de alimentos (que por cierto es parte importante de esta práctica).
En su Mensaje de Cuaresma, el Santo Padre se refiere al ayuno no sólo de los alimentos, o de la cantidad o ausencia de algunos de ellos: “en nuestros días, parece que la práctica del ayuno ha perdido un poco su valor espiritual y ha adquirido más bien, en una cultura marcada por la búsqueda del bienestar material, el valor de una medida terapéutica para el cuidado del propio cuerpo.
Está claro que ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una “terapia” para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios”.
El ayuno es una “terapia” para curarme de todo aquello que me aleja del Plan y Amor de Dios, de todo aquello que en última instancia me tiene lejos de Aquél quien le da verdadero sentido a mi vida: Dios. Una terapia es un tratamiento para combatir alguna enfermedad. ¿Cuál es la enfermedad de tu alma que te aleja de Dios? Es respondiendo a esa pregunta como caminaremos adecuadamente para convertirnos en esta Cuaresma.
Quizá sea “ayunar” de pensar sólo en mí y no tener un corazón generoso y abierto hacia los demás. Quizá “ayunar” de enojarme cada vez que las cosas no salen como yo quisiera y confiar más en lo que Dios permite en el día a día. Quizá va más por el “ayunar” con guardar silencio porque siempre respondo a alguna corrección de mis padres, o más bien “ayunar” de no decir nada, es decir hablar, porque tengo muchos sentimientos en el corazón que no muestro y comparto.
Hay tantas cosas en las que puedo pensar para mi propio crecimiento personal que me ayudarán a avanzar en mi conformación con Jesús. Hay tanto en lo que podemos trabajar, pero la recomendación de los santos siempre ha sido que nos concentremos en un vicio específico y preciso que procuremos desarraigar.
Así al final de la Cuaresma podremos llegar diferentes, más semejantes a Dios. Que el ayuno de aquello que nos aleja de Dios, nos sirva para que estemos más cerca a Él.