
No basta descubrir a Cristo
Nuestra respuesta debe ser compartir el amor de Dios
Por Abraham Morales
Si lees este periódico es porque de alguna manera quieres responder al llamado que se te ha hecho desde tu bautismo a continuar la misión que Cristo dejó a su Iglesia de llevar la Buena Nueva a todos los rincones de la tierra. Un llamado que es parte de tu ser cristiano a ser un apóstol más. De una u otra manera, has descubierto a Cristo en tu vida. De una u otra manera has experimentado la acción de Dios en tu vida. Sin embargo, vale preguntarnos cómo hemos respondido a esa acción de Dios.
¿Recuerdas el pasaje en el Evangelio de san Marcos donde la suegra de Pedro se encuentra enferma cuando Jesús entra a su casa? Jesús la toca y la sana. Y lo que me encanta es como responde la suegra una vez sanada. Una vez sanada no le dijo “ah, muchas gracias, bye”, y siguió con su vida. Tampoco salió a las calles a darse golpes de pecho para presumir su curación y el encuentro con Jesús; lo que hizo fue levantarse y ponerse a servirles. (Y no es indirecta para las suegras, ¿OK?).
Lo que encontramos en este pasaje es una realidad: después de un encuentro con Cristo, la reacción es ponernos a servirle a través de los demás. Así sucedió con san Pablo. El nos dice que “si anuncio el Evangelio, no lo hago para gloriarme: al contrario, es para mí una necesidad imperiosa. ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1 Cor. 9,16) La “necesidad imperiosa” nos revela el amor, a pesar del sufrimiento, con que san Pablo está dispuesto a llevar su tarea. Es una necesidad para él, no es un deber obligado, ni un sacrificio, ni mucho menos un privilegio.
Es, simplemente, pero bien difícil quizá de percibir para algunos de nosotros, el comprender plenamente que si alguien me amó al punto de morir por mí en la Cruz y darme con ello la verdadera libertad y una vida nueva, y la posibilidad de una vida eterna junto a Dios, no tengo más remedio que corresponderle a ese gran amor. Y lo correspondo transmitiéndolo a los demás. No me puedo quedar callado, no puedo dejar solo para mí esa alegría tan grande, esa buena nueva.
¿Quién de nosotros, cuando tiene buenas noticias no las comparte con sus seres queridos? ¿Quién se las queda para uno mismo? Nadie, y lo compartimos porque nos nace hacerlo, porque queremos que los demás también sean parte de esa alegría. Algo similar sucede cuando descubrimos el amor de Dios, ese amor nos debe llevar a querer compartirlo con los demás. Dice el Siervo de Dios Juan Pablo II que “abrirse al amor de Dios es la verdadera liberación. En él, sólo en él, somos liberados de toda forma de alienación y extravío, de la esclavitud del poder del pecado y de la muerte. Cristo es verdaderamente «nuestra paz» (Ef 2, 14), y «el amor de Cristo nos apremia» (2 Cor 5, 14), dando sentido y alegría a nuestra vida”.
Sin embargo, a veces, nos puede pasar como una canción en inglés de los 90’s que dice: “ahora que hemos encontrado el amor, ¿qué vamos a hacer con él?” (Now that we found love what are we going to do with it?) Y la respuesta es: ¡Compartirlo! No podemos quedarnos para nosotros solos ese gran amor de Dios. Nuestra respuesta a ese gran amor es por excelencia el de compartirlo, llevarlo a los demás. El Papa Juan Pablo II nos recordaba que no es suficiente tener un encuentro con Jesús. Somos llamados a mucho más. Nos dice: “Sí, descubrir a Cristo es la aventura más bella de toda nuestra vida. Pero no es suficiente descubrirlo una sola vez. Cada vez que se descubre, se recibe un llamamiento a buscarle más aún, y a conocerle mejor a través de la oración, la participación en los sacramentos, la meditación de su Palabra, la catequesis y la escucha de las enseñanzas de la Iglesia. Esta es nuestra tarea más importante, como lo comprendió tan bien san Pablo cuando escribió: «Para mí la vida es Cristo» (Flp 1,21)”.
Y continua con un mensaje de lo mas fuerte, que debe despertar nuestras conciencias: “El redescubrimiento de Cristo cuando es auténtico tiene como consecuencia directa el deseo de llevarlo a los demás a saber el compromiso apostólico.”
Concluye con unas palabras no solo profundas bellas y verdaderas, sino que nos hablan del compromiso misionero y universal de la Iglesia; compromiso que es deber tuyo y mío, como dice san Pablo, un “deber que me incumbe”. Dice el Papa: “No es suficiente descubrir a Cristo, ¡hay que llevarlo a los demás!”
Ahí te la dejo para tu reflexión, y sobre ¡todo para la acción!
Paz,
Abraham