El Plan de Dios es camino seguro a la felicidad
Rina anhela poder encontrarlo y responder con generosidad al llamado de Dios
Rina Rosales tiene 23 años, es de Metapán, El Salvador, y vive en Denver desde hace siete años. A través del Padre Ángel Pérez-López, entonces vicepárroco de Saint Therese, en Aurora, Rina inició un proceso de reconciliación con Dios, volvió a la Iglesia de la que se había alejado y vio renacer en su corazón el deseo de servir a Dios. Actualmente se encuentra en un proceso de discernimiento y espera, si ese es el Plan de Dios, ingresar a la comunidad de las Misioneras de la Caridad, Orden Religiosa fundada por la Beata Madre Teresa de Calcuta.
Por Lara Montoya

"Antes de formarte en el vientre materno, yo te conocía; antes de que salieras del seno, yo te había consagrado…" le dice el Señor a Jeremías, y así lo viene repitiendo a través de la historia, pues sigue llamando a muchos hombres y mujeres de hoy, para que lo sigan de cerca y sean una luz en medio de este mundo sumergido en las tinieblas.
Aunque Rina aún no sabe con certeza a dónde la llama Dios, ella reconoce esa voz íntima que ha venido resonando en su interior desde que era muy pequeña. “Recuerdo que cuando tenía 6 ó 7 años -dice Rina- durante la preparación para la primera comunión, la maestra preguntó que queríamos ser cuando creciéramos y yo, siendo la niña más tímida del salón, fui la primera en ponerme de pie y decir que quería ser monjita, aunque a esa edad no tenía la menor idea de lo que eso significaba, presiento que desde ese momento Dios había puesto esa semillita de la vocación muy dentro de mi corazón, una huella que aún después de 16 años, y a pesar de haber estado por un tiempo muy lejos de Dios, sigue viva y ardiendo cada vez con mayor intensidad”.
Desde muy joven, a Rina le gustaba mucho escuchar la misa radial diaria y recuerda que un día oyó hablar sobre la vida de los santos, “escuché que hablaban de Santa Inés, inmediatamente pensé que yo también quería ser santa, como Santa Inés quería morir por Cristo, tendría 13 años y a esa edad no conocía nada del mundo y no quería conocer de él, sólo deseaba servir en la Iglesia en todo lo que pudiera”.
Sin embargo, aunque la familia de Rina es católica, encontró una gran oposición en lo que ella pensaba de su llamado. A la edad de 16 años, Rina expresó a su padre su deseo de ingresar a un convento, pero supo de inmediato que eso no podía ser posible, su padre le ofreció a cambio la posibilidad de viajar a Estados Unidos y conocer el mundo. “No tenía otra opción, quería irme a un convento o servir en la Iglesia, pero ambas cosas me las prohibió mi papá. Por otro lado, salir de mi casa era una posibilidad muy atractiva, tenía problemas en mi familia, mi relación con mi papá no era buena, así que acepté su propuesta con la secreta intención de venir a Denver y esperar dos años para luego, al cumplir la mayoría de edad poder por fin responder a esa voz que clamaba en mi interior” nos compartió Rina.
Pero sus planes cambiaron al llegar a Estados Unidos, Rina, alejada ya de su ambiente familiar, descubrió cosas que la hirieron profundamente. “Empecé a experimentar sentimientos muy oscuros, nos cuenta Rina, y un odio difícil de apagar. Volví la espalda a Dios, y me fui lo más lejos que pude de Él. Mis sueños y deseos de grandeza se apagaron, me rebelé y me engañé pensando que la felicidad era vivir como el mundo vive, esos fueron los años más amargos y tristes de mi vida”, señaló.
Sin la oración diaria, como antes acostumbraba, y sin ningún recuerdo de Dios en su corazón, Rina empezó a experimentar que sus sufrimientos se agudizaban cada vez más, sus heridas se hacían más profundas y el odio no se apagaba. “Viví así por casi tres años, sin embargo, mis anhelos profundos me acuciaban día y noche.
Un día antes de cumplir 22 años, me dije a mí misma que ya no podía vivir así, sin Dios estaba muerta, mi vida no tenía sentido. Dios mismo me atrajo y me tomó de nuevo hacia él”. Rina decidió buscar un sacerdote para confesarse, así conoció al Padre Ángel, quién la invitó al grupo de jóvenes y a Misa. “El grupo me encantó, los temas que se trataban me hablaban directamente, empecé a ir a Misa nuevamente”.
Al poco tiempo de haber regresado a la Iglesia, Rina volvió a experimentar la misericordia de Dios de manera más profunda, “el Viernes Santo del año pasado, señala, me fui a confesar y sentí tanta libertad, por fin dejé entrar a Jesús en mi vida, y el empezó a sanar todas mis heridas, volví a nacer”. Rina, bajo la guía espiritual del Padre Ángel, empezó un proceso de reconciliación con su historia, con su familia y especialmente con su papá. Ese mismo perdón que ella experimentó en el confesionario, la ayudó a comprender la profundidad del amor y misericordia de Dios y el perdón que ella necesitaba ofrecer a su familia.
En mayo de 2008, Rina participó por primera vez en un retiro, a partir de entonces, ese deseo de entregarse a Dios brotó nuevamente en su corazón. Junto a su Director Espiritual, inició un proceso de discernimiento y con el tiempo ha descubierto que “la vocación – como lo señala- no es acerca de un deseo sino de un llamado, no es del modo que yo quiera, ni como lo imagine, sino de donde Dios quiera llevarme”.
Por el momento, esa voz misteriosa que habla a lo íntimo del corazón, la ha llevado a la comunidad de las Misioneras de la Caridad. “No sé si esa sea mi vocación, dice Rina, de lo que si estoy segura y convencida es que mi felicidad es hacer la voluntad de Dios. Mi más grande deseo es amar hasta que duela como dice la Madre Teresa de Calcuta y ese amor que Jesús nos ha mostrado muriendo en una cruz, es el amor que yo deseo experimentar, vivir y compartir.”
El papá de Rina ha aprendido a aceptar la vocación de su hija, cualquiera que sea y ella, mientras espera ingresar al convento para poder hacer una experiencia con las Misioneras de la Caridad, sigue agudizando sus oídos, aprendiendo más de dicha comunidad, para poder responder con generosidad a quien desde antes que naciera ya la conocía y la tenía pensada para una misión especial.
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