
La migración no es una realidad ajena a la Iglesia
Nuestra Madre Iglesia nos invita a recibir a nuestros hermanos extranjeros con el mismo corazón de Cristo
Por Jorge Luna

El fenómeno de la migración nunca ha sido ajeno a la realidad de la Iglesia. Por su mismo carácter de peregrina en esta tierra, la Iglesia siempre ha estado en camino. Y en ese sentido nunca ha dejado de reflexionar acerca de la realidad de la migración y de la respuesta que como cristianos debemos de dar a este fenómeno. Las siguientes reflexiones están tomadas de la Instrucción del Pontificio Consejo para la pastoral de los emigrantes e itinerantes: “Erga migrantes caritas Christi” (La caridad de Cristo hacia los emigrantes, 2004).
La Iglesia promueve una cultura de acogida
Es claro que los movimientos migratorios actuales constituyen el movimiento más amplio de personas, si no de pueblos, de todos los tiempos. Este fenómeno que vivimos en carne propia en nuestro país, es un fenómeno de magnitud mundial. Es por eso que es nuestra responsabilidad el atender esta realidad, no podemos cerrar nuestros ojos ni nuestro corazón hacia el hermano que viene sino que debemos acogerlos con los ojos y el corazón de Cristo.
Las migraciones nos permiten encontrarnos con hombres y mujeres, pero sobre todo hermanos y hermanas nuestros que, por motivos económicos, culturales, políticos o religiosos, abandonan o se ven obligados a abandonar sus propias casas. Lamentablemente muchos de ellos acaban en condiciones muy precarias e indignas. Por eso, muchas veces el inmigrante está siempre a la espera de “gestos” que le ayuden a sentirse acogido, reconocido y valorado como persona. Un simple saludo basta a veces.
Para que esto suceda, la Iglesia en su totalidad y en especial aquellos que tienen la responsabilidad de guiar a los demás deben promover una cultura de acogida. Así, los consagrados y consagradas, las comunidades, los movimientos eclesiales y las asociaciones laicales, así como los agentes de pastoral, deben sentirse comprometidos a educar, ante todo, a los cristianos, a practicar la solidaridad y la apertura hacia los extranjeros.
Una, santa, católica y apostólica
En la comunidad cristiana nacida en Pentecostés, en donde se reunieron hombres y mujeres de distintas naciones, lenguas y razas, las migraciones son siempre parte integrante de la vida de la Iglesia, expresan muy bien su universalidad, favorecen la comunión e influyen en su crecimiento.
Así, la Iglesia que es una, santa, católica y apostólica, descubre en las migraciones, una ocasión para verificar sus propias notas características. La Iglesia es una, porque expresa, en cierto sentido, incluso la unidad de toda la familia humana; es santa, para santificar a todos los hombres y para que en ellos sea santificado el nombre de Dios; es católica, porque se abre a las diversidades que se han de armonizar, y es apostólica porque está comprometida a evangelizar a todo el hombre y a todos los hombres.
Al servicio de la comunión
Superada la fase de adaptación de los inmigrantes en el País receptor, las personas responsables deben tratar de ampliar su propio horizonte para así ser verdaderos “diáconos de comunión”.
Esta responsabilidad no escapa a todos los fieles laicos, aunque no tengan particulares funciones o tareas a su responsabilidad. Todos están llamados a colaborar en el proceso de construir una comunión que conlleve, precisamente la aceptación de las legítimas diversidades. Pero esto no será posible sino nace de un corazón dócil y reconciliado, en constante contacto con Cristo. Sólo si los fieles tienen sólida regeneración espiritual podrán defender auténticamente la no discriminación de los inmigrantes como parte integral de sus valores cristianos. El diálogo fraterno y el respeto recíproco, testimonio vivido del amor y de la acogida, serán así, por sí mismos, la primera e indispensable forma de evangelización.
Las Iglesias particulares están llamadas a abrirse, precisamente a causa del Evangelio, para brindar una mejor acogida a los inmigrantes con iniciativas pastorales de encuentro y diálogo, pero igualmente ayudando a los fieles a superar prejuicios y suspicacias. Con mucho respeto y atención por las tradiciones y las culturas de los inmigrantes, los cristianos estamos llamados a darles testimonio del Evangelio de la caridad y de la paz y a anunciarles explícitamente la Palabra de Dios, para que les llegue la bendición del Señor, prometida a Abraham y a su descendencia por siempre.
La pastoral específica para los emigrantes, entre ellos y con ellos, entablada por el diálogo, la comunión y la misión, se transformará en una expresión significativa de la Iglesia, llamada a ser encuentro fraterno y pacífico, casa de todos y edificio sostenido por los cuatro pilares a los que se refiere el Beato Papa Juan XXIII en la Pacem in Terris, a saber: la verdad y la justicia, la caridad y la libertad, frutos del acontecimiento pascual que en Cristo ha reconciliado todo y a todos. De este modo, ella manifestará plenamente que es casa y escuela de comunión recibida y participada, de reconciliación solicitada y otorgada, de mutua y fraterna acogida, de auténtica promoción humana y cristiana. Así, “se afirma cada vez más la conciencia de la universalidad innata del organismo eclesial, en el cual nadie puede ser considerado como extranjero o simple huésped, ni marginado por algún motivo”.
El “extranjero” es el mensajero de Dios que sorprende y rompe la regularidad y la lógica de la vida diaria, acercando a los que están lejos. En los “extranjeros”, la Iglesia ve a Cristo que “planta su tienda entre nosotros” (ver Jn 1,14) y “llama a nuestra puerta” (ver Ap 3,20). Este encuentro - hecho de atención, acogida, coparticipación y solidaridad, de tutela de los derechos de los emigrantes y de empeño evangelizador - revela el constante cuidado de la Iglesia, que descubre en ellos auténticos valores y los considera un gran recurso humano.
Por ello, Dios confía a la Iglesia, también ella peregrina en la tierra, la tarea de forjar una nueva creación en Cristo Jesús, recapitulando en Él todo el tesoro de una rica diversidad humana que el pecado ha transformado en división y conflicto (ver Ef 1,9-10). En la misma medida en que la presencia misteriosa de esta nueva creación es testimoniada auténticamente en su vida, la Iglesia es signo de esperanza para un mundo que desea ardientemente la justicia, la libertad, la verdad y la solidaridad, es decir, la paz y la armonía. Y, a pesar de los muchos fracasos de proyectos humanos, nobles sin duda, los cristianos, impulsados por el fenómeno de la movilidad, adquieren conciencia del llamamiento a ser siempre y nuevamente en el mundo un signo de fraternidad y comunión, practicando en la ética del encuentro el respeto por las diferencias y la solidaridad.
El don de los inmigrantes
También los emigrantes pueden ser constructores, escondidos y providenciales de esa fraternidad universal, junto con muchos otros hermanos y hermanas, y dan a la Iglesia la oportunidad de realizar con mayor plenitud su identidad de comunión y su vocación misionera, como lo afirmó el Papa Juan Pablo II: “Las migraciones brindan a la Iglesia local la oportunidad de medir su catolicidad, que consiste no sólo en acoger a las distintas etnias, sino y sobre todo, en realizar la comunión de esas etnias. El pluralismo étnico y cultural en la Iglesia no constituye una situación que hay que tolerar en cuanto transitoria, sino una propia dimensión estructural.
La unidad de la Iglesia no resulta del origen y del idioma comunes, sino del Espíritu de Pentecostés que, acogiendo en un Pueblo a las gentes de hablas y de naciones distintas, confiere a todos la fe en el mismo Señor y la llamada a la misma esperanza". (18.X.1987, 2.)
La Virgen Madre, que junto con su Hijo bendito experimentó el dolor propio de la emigración y del exilio, nos ayude a comprender la experiencia y muchas veces el drama de todos aquellos que se ven obligados a vivir lejos de su propia patria; que nos enseñe a ponernos al servicio de sus necesidades con una acogida verdaderamente fraterna, para que las actuales migraciones sean consideradas un llamamiento, si bien misterioso, al Reino de Dios ya presente como primicia en su Iglesia (ver LG 9) e instrumento providencial al servicio de la unidad de la familia humana y de la paz.