
La vocación: una llamada de Dios a quienes ha elegido
Por el Rev. Padre Jorge De los Santos
“Dios continúa manifestándose Padre a través de hombres y de mujeres que, impulsados por la fuerza del Espíritu Santo, testimonian con la palabra y con las obras, e incluso con el martirio, su entrega sin reservas al servicio de los hermanos. Mediante el ministerio ordenado de Obispos, presbíteros y diáconos, él ofrece garantía permanente de la presencia sacramental de Cristo Redentor, haciendo crecer la Iglesia, gracias a su específico servicio, en la unidad de un solo cuerpo y en la variedad de vocaciones, ministerios y carismas”. Estas son las palabras del Papa Juan Pablo II (de feliz memoria).
Dios quiere estar cercano a la humanidad entera, y la vida consagrada es una de las formas que Él ha creado para este propósito, quiere manifestar su amor que espera con paciencia y acoge con gozo a quien se ha alejado de Él y los recibe con los brazos abiertos por medio de sus ministros, por medio de ellos también corrige y educa, y sacia el hambre de amor de cada persona, Él continúa mostrando, por medio de sus elegidos, horizontes de vida eterna que abren el corazón a la esperanza, aún en medio de las dificultades, del dolor e incluso de la muerte, todo esto, por medio de aquellos que han abandonado todo por seguir a Cristo, consagrándose enteramente a la realización del Reino.
Toda vocación tiene su raíz en el Bautismo, cuando el cristiano, "renacido por el agua y por el Espíritu" participa del acontecimiento de gracia que a las orillas del río Jordán manifestó a Jesús como "hijo predilecto" en el que el Padre se había complacido.
La vocación a ser "santos, porque él es santo" se lleva a cabo cuando se reconoce a Dios el puesto que le corresponde, hay especial necesidad de santos que, viviendo intensamente el primado de Dios en su vida, hagan perceptible su presencia amorosa y providente. La santidad, don que se debe pedir continuamente, constituye la respuesta más preciosa y eficaz de esperanza y de vida del mundo contemporáneo. La humanidad necesita presbíteros santos y almas consagradas que vivan diariamente la entrega total de sí a Dios y al prójimo; padres y madres capaces de testimoniar dentro de los muros domésticos la gracia del sacramento del matrimonio, despertando en cuantos se les aproximan el deseo de realizar el proyecto del Creador sobre la familia; jóvenes que hayan descubierto personalmente a Cristo y quedado tan fascinados por él como para apasionar a sus coetáneos por la causa del Evangelio.
La invocación "venga tu Reino", que rezamos en la oración del Padre Nuestro, llama a la conversión y recuerda que la jornada terrena del hombre debe estar marcada por la búsqueda del Reino de Dios antes y por encima de cualquier otra cosa. Es una invocación que invita a dejar el mundo de las palabras que se esfuman para asumir generosamente, a pesar de cualquier dificultad y oposición, los compromisos a los que el Señor llama.
Que cuantos son llamados al sacerdocio o a la vida consagrada acojan con generosa disponibilidad la semilla de la vocación que Dios ha depositado en su corazón. Atrayéndoles a seguir a Cristo con corazón indiviso, el Padre les invita a ser apóstoles alegres y libres del Reino. En la respuesta generosa a la invitación, ellos encontrarán aquella felicidad verdadera a la que aspira su corazón.
Jesús dijo: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y acabar su obra". Con estas palabras, él revela que el proyecto personal de la vida es un designio amoroso del Padre. Para descubrirlo es necesario renunciar a una interpretación demasiado terrena de la vida, y poner en Dios el fundamento y el sentido de la propia existencia. La vocación es ante todo don de Dios: no es escoger, sino ser escogido; es respuesta a un amor que precede y acompaña. Para quien se hace dócil a la voluntad del Señor la vida llega a ser un bien recibido, que tiende por su naturaleza a transformarse en ofrenda y don.
A ejemplo de María, es preciso aprender a educar el corazón en la esperanza, abriéndolo a Dios, que hace exultar de gozo y de agradecimiento. Para aquellos que responden generosamente a la invitación del Señor, los acontecimientos agradables y dolorosos de la vida llegan a ser, de esta manera, motivo de diálogo confiado con el Padre, y ocasión de continuo descubrimiento de la propia identidad de hijos predilectos llamados a participar en la gran obra de salvación del mundo, comenzada por Cristo y confiada ahora a su Iglesia.
La vida cristiana es un proceso constante de liberación del mal y del pecado. La lucha contra el mal, que Cristo libró decididamente, está hoy confiada a la Iglesia y a cada cristiano, según la vocación, el carisma y el ministerio de cada uno. Un rol fundamental está reservado a cuantos han sido elegidos al ministerio ordenado y a aquellos que entregan su vida en los Institutos de vida consagrada, cuyos miembros "hacen visible, en su consagración y total entrega, la presencia amorosa y salvadora de Cristo, el consagrado del Padre, enviado en misión".
¿Cómo no subrayar que la promoción de las vocaciones al ministerio ordenado y a la vida consagrada debe llegar a ser compromiso armónico de toda la Iglesia y de cada uno de los creyentes? A éstos manda el Señor: "Rogad al Dueño de la mies para que envíe obreros a su mies". Conscientes de esto, nos dirigimos unidos en la oración al Padre celestial, dador de todo bien: Padre bueno, en Cristo tu Hijo nos revelas tu amor, nos abrazas como a tus hijos y nos ofreces la posibilidad de descubrir en tu voluntad los rasgos de nuestro verdadero rostro. Padre santo, Tú nos llamas a ser santos como tú eres santo. Te pedimos que nunca falten a tu Iglesia ministros y apóstoles santos que, con la palabra y los sacramentos, preparen el camino para el encuentro contigo.
Padre misericordioso da a la humanidad descarriada hombres y mujeres que, con el testimonio de una vida transfigurada a imagen de tu Hijo, caminen alegremente con todos los demás hermanos y hermanas hacia la patria celestial. Padre, con la voz de tu Espíritu Santo, y confiando en la materna intercesión de María, te pedimos ardientemente: manda a tu Iglesia sacerdotes, que sean valientes testimonios de tu infinita bondad. ¡Amén!