Si fuésemos como niños…
El Señor Jesús nos invita a ello para alcanzar el Cielo
Por Rossana Goñi
El domingo pasado en Misa me senté en la primera banca de la Iglesia. Al lado mío estaba una señora con su hijita de más o menos siete años. La niña tenía parálisis y por ello dificultad al caminar. Al verla, me encontré una vez más no sólo con la pureza, sencillez y ternura del alma de un niño, sino en particular con este "especial" alma que cuestiona muchas veces las barreras que ponemos, nosotros los "adultos", para vivir la verdadera libertad.
La sonrisa constante en el rostro de esta niña de alma pura traía a mi recuerdo las palabras del Señor Jesús cuando nos dice: "Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos" (Mt 19, 14) y "yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él" (Lc 18, 17). Son palabras del mismo Cristo. Definitivamente nuestras vidas anhelan hondamente alcanzar el Reino de los Cielos. Todos queremos eso, ése es el sentido último de nuestra vida, de nuestro caminar. Para eso hemos nacido ¿verdad? Lo sabemos, lo entendemos, lo hemos escuchado más de una vez.
Hemos leído estos pasajes en la Biblia una y otra vez... El Señor Jesús nos dice de manera profunda, sencilla y directa cuál es el camino para alcanzar esa Patria anhelada. De nosotros depende escuchar, acoger y responder.
"Ser como niños", esta idea quedó dando vueltas en mi cabeza a lo largo del día. Al llegar a mi oficina al día siguiente, me pregunté y ¿cómo es ser como un niño? ¿Cómo es esa infancia que el mismo Dios nos llama a vivir para así poder alcanzar el Reino de los Cielos y, en definitiva, alcanzarlo a Él?.
Lo primero que vino a mi mente fue el contemplar en todo niño la libertad y transparencia de vivir, de ser, de actuar, de amar. Muchas veces -nosotros los adultos- guardamos o escondemos lo que realmente queremos decir, expresar, mostrar de nosotros a nosotros mismos a los demás, o a Dios. En el fondo no somos quienes somos. Un niño no es así. Al final de la misa Misa dominical, el sacerdote llamó a los niños a venir hacia adelante para bendecirlos con agua bendita. ¡Ah! Todos los niños en la Iglesia -que eran muchos- fueron corriendo hacia el sacerdote, casi como una competencia a ver quién llegaba primero donde quien en ese momento representaba a Cristo. Y luego, al recibir el agua bendita en sus caritas, sus rostros resplandecían, reían y sonreían. Incluso por ahí uno de los niños dijo en voz alta "¡más padre, más!". Si al menos nosotros tuviésemos esa libertad y transparencia de correr hacia el Señor Jesús -casi echarnos a sus brazos- y buscar ser los primeros en estar a su lado, ganar la carrera de la fe. Y, sin miedos, ni temores, ni vergüenzas al estar frente a Él y recibir su bendición y su amor, pedirle más aún. ¡Cómo no pedir más el amor del Señor! Si experimentáramos un poquito de su infinito amor, no nos cansaríamos nunca de pedirle más, para que al llenarnos y conformarnos más con Él y su amor, lo demos en abundancia a los demás, en espíritu de libertad. Y como niños, siempre con alegría.
Hace unos años, el Santo Padre Benedicto XVI recibió a un grupo de niños que habían hecho su Primera Comunión en la Plaza San Pedro. En esta ocasión, una vez más conmueve la transparencia de expresar el amor y el dejarse amar con tanta naturalidad como la de los niños. En un momento, un niño se acerca al Santo Padre y le dice "en nombre de todos los niños quiero darte un fuerte abrazo y decirte junto a todos: te queremos". Luego, Su Santidad expresó también su amor y recordó junto con ellos el día de su Primera Comunión y les dijo "fue un bonito domingo de mayo de 1936; una jornada de sol, con mucha música y cosas bellas". Allí, recordó el Papa, comenzó "una amistad de toda la vida con Jesús. Éramos 35 chicos y chicas, pero en el centro de mis recuerdos está el encuentro con Cristo; y la emoción que sentí cuando comprendí que Él había entrado en mi corazón".
Ésa es la transparencia, fineza y libertad de corazón a la que nos invita el Señor Jesús a nosotros sus hijos para llegar a ver su rostro. Es a ese encuentro diario con Él al que estamos llamados. A partir de ello, seremos capaces de vivir esa libertad que no guarda nada para sí y que está dispuesta a recibir todo, para atesorarlo en el corazón y darlo luego al mundo.
La sonrisa de esta niña el domingo, me recordó lo esencial de nuestra vida: ser como niños; esos niños que Dios ama y espera con los brazos abiertos en el Reino de los Cielos. Yo quiero llegar allá … ¿y tú?
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