
La gratitud y el Adviento
La renovación de nuestra fe comienza con un “sí” a Dios
Por el Exmo. Monseñor Charles J. Chaput.
Al salir al encuentro de la Comunidad hispana de Colorado, creo que tenemos muchos logros de los que podemos enorgullecernos Las elecciones del 2008 vinieron y pasaron, pero con una economía en problemas, con una guerra en curso y con una administración entrante comprometida con controvertidas políticas sobre asuntos del aborto y otros temas referidos a la santidad de la vida, los desafíos que enfrentamos como país parecen ser tan complicados como hace un mes.
Las elecciones concentran nuestra atención. Disparan emociones. Pero el verdadero trabajo de aplicar nuestra fe católica para construir una cultura de vida debe tener lugar en medio de nuestros viajes a la cabina de votación.
En estas semanas, los católicos tienen la oportunidad de purificarse de los oscuros y pesados sentimientos de una larga temporada política. El día de Acción de Gracias nos recordó que la gratitud es el inicio de la alegría. No podemos ser felices, si es que primero no somos agradecidos; y la gratitud sólo puede aparecer a través de otra virtud: la humildad, que es la habilidad de ver más allá de nosotros mismos, las necesidades, sentimientos y derechos de los otros.
A pesar de los problemas de nuestra nación, Dios nos ha dado enormes bendiciones como pueblo. El feriado de Acción de Gracias sirvió perfectamente como un pórtico para el Primer Domingo de Adviento, que nos abrió a un nuevo año litúrgico.
El Adviento es una oportunidad para comenzar de nuevo; un tiempo para examinar nuestros corazones a la luz del Evangelio, arrepentirnos de nuestros pecados y esperar la venida de nuestro Salvador. No podemos experimentar o entender realmente la Navidad a menos que primero conformemos nuestros corazones a los anhelos del Adviento. El Adviento nos llama a todos a reconcentrar nuestras vidas en el cumplimiento de las promesas de Dios y en la realidad de carne y hueso de Jesucristo, nuestro Liberador, que vino primero a nosotros en Belén, viene a nosotros hoy en la Eucaristía y vendrá al final de los tiempos.
Como toda relación humana profunda, nuestra fe católica, para ser genuina tiene que tener consecuencias: primero en nuestras vidas privadas, pero también en nuestro testimonio público. Si realmente creemos en la venida de un Mesías, nuestras vidas lo reflejarán en la manera como tratamos a nuestras familias, amigos, compañeros de trabajo, a los pobres, los sin techo y los que sufren, en general.
La fe verdadera nos conducirá a vivir nuestras vidas en un espíritu de humildad, esperanza, y valentía, como lo hizo María. También nos llevará a impulsar a nuestros líderes públicos a aplicar leyes y políticas sociales que respeten la dignidad de la persona humana desde la concepción hasta su muerte natural.
Jesús, su Madre y José conocieron la realidad de la pobreza en carne propia. Ellos conocieron el temor de no tener cobijo; de ser perseguidos por enemigos y de ser “extraños en una tierra extranjera” como refugiados en Egipto. Los “pobres” en los Estados Unidos de hoy toman muchas formas: en los ancianos sin un adecuado seguro médico; en los padres solteros sin trabajo; en los inmigrantes indocumentados; en las familias sin techo; y de manera más urgente y grave en el no-nacido, no deseado.
Como sociedad, nuestro trabajo ya está de alguna forma establecido. Pero toda acción genuinamente católica comienza y termina en la gloria de Jesucristo. Si queremos transformar el mundo, comenzamos diciendo “sí” a Dios, como hizo María. Comenzamos con nuestra propia obediencia a Dios viendo en María nuestro modelo.
No es casualidad que María sea la patrona de la Arquidiócesis de Denver y que la Basílica Catedral de la Inmaculada Concepción, la Iglesia Madre para todos los católicos del norte de Colorado, esté dedicada a Ella. No existe mejor manera para sumergirnos en el sentido del Adviento y en la renovación de nuestra propia identidad católica que rezar sobre el testimonio de María en el Evangelio de San Lucas y centrar nuestros corazones en Ella. Esta es nuestra oportunidad para comenzar el nuevo año de la Iglesia con el anhelo por Dios que conduce a Belén, a nuestra renovación, y a la conversión del mundo.