Noviembre y los cambios
Una reflexión de otoño: las cuatro últimas cosas
Por el Exmo. Monseñor Charles J. Chaput.
El nombre y la fecha de cada lápida del cementerio nos cuenta la historia de la vida de una persona – algunas vidas cortas, otras llenas de años. Cuando caminamos en un cementerio, recordamos lo precioso de la vida y el sentido de la muerte.
Las estaciones del año son un reflejo de una realidad más grande. A la gran mayoría de nosotros nos gusta el otoño, que siempre tiene una belleza particular en Colorado. Pero en la medida que las hojas caen de los árboles y los días se hacen más cortos y fríos, nuestro espíritu cambia sutilmente. Noviembre nos recuerda que toda vida, incluyendo la nuestra, tiene un fin.
A lo largo de los siglos, la Iglesia ha pedido con frecuencia a los fieles reflexionar sobre las “cuatro últimas cosas”: muerte, juicio, infierno y cielo. Ella tiene una buena razón para hacerlo. La vida es corta. Y todos nosotros, rico o pobre, conocido o desconocido, muy pronto encontraremos las cuatro últimas cosas, directa y personalmente. Son muy reales, y son eternamente importantes.
Cuando el joven rico en el Evangelio le pregunta a Jesús “Maestro, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?”, nos estaba recordando que cada alma humana tiene algo para lo cual ser salvada y algo de lo que ser salvada. Hemos sido hechos para la felicidad. Hemos sido hechos para el cielo. Pero tenemos alternativas. Las fiestas de noviembre –Todos los Santos y los Fieles Difuntos– que acabamos de celebrar, llevan nuestra atención a la realidad del fin de nuestras vidas. Un día, moriremos, y la gente a quien más queremos en este mundo morirá.
Cuando comprendemos verdaderamente que la vida como la conocemos es temporal y transitoria, cambia nuestra manera de vivir. Empezamos a ver que las relaciones humanas son más importantes que las cosas. Nos hacemos conscientes que el amor a Dios y al prójimo debe conducir nuestras vidas, más que las posesiones y el estar centrado en uno mismo.
En la Escritura, Jesús hace claro que la salvación no está asegurada, y que no es fácil. Seremos juzgados acerca de si amamos a Dios con todas nuestras fuerzas, y al prójimo como a nosotros mismos.
Saber esto nos debe motivar a evaluar nuestras vidas. Dios considera nuestras opciones y acciones muy seriamente. ¿Reflejan nuestras vidas un entendimiento de esta simple verdad?
El examen de conciencia ha sido una práctica cristiana a lo largo de los siglos. Al final del día, antes de ir a dormir cada noche, debemos examinar nuestras conciencias para ver lo que hemos hecho, o dejado de hacer, que agrada o desagrada a Dios y que sirve o no sirve a nuestros hermanos y hermanas.
Rezar por los difuntos ha sido una tradición católica desde los primeros días de la Iglesia. En cada Misa, rezamos por los difuntos. Deberíamos rezar también por nuestros amados difuntos en nuestras devociones personales. Cuando morimos, esperamos que la familia y los amigos que dejamos atrás rezarán por nosotros con gran intensidad; entonces seremos dignos del amor purificador de Dios.
La muerte siempre será un panorama discreto para los seres humanos, pero nosotros los cristianos lo hacemos con confianza, sabiendo que hay una vida nueva más allá de la muerte. Nuestra fe en Cristo Jesús y su resurrección nos hace posible enfrentar esta realidad. Sabemos que vamos a morir, pero también vemos la muerte como el inicio de una nueva vida.
A través de la muerte y resurrección de Cristo, las puertas del cielo se nos han “abierto”. El Catecismo de la Iglesia Católica utiliza las siguientes palabras para describir la gloria del cielo: “Este misterio de comunión bienaventurada con Dios y con todos los que están en Cristo sobrepasa toda comprensión y toda representación. La Escritura nos habla de ella en imágenes: vida, luz, paz, banquete de bodas, vino del reino, casa del Padre, Jerusalén celeste, paraíso: "Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman (1 Co 2, 9)” (No. 1027).
Esas son grandes palabras para considerar, al acercarnos al final de otro año en la Iglesia y al mirar con esperanza hacia el Adviento.
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