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September 11, 2002
¡A un año del 11 de Septiembre, es tiempo de recordar, rezar y cambiar!
Hace un año, en esta semana, terroristas asesinaron a más de 3,000 hombres, mujeres y niños inocentes en ataques a Nueva York y Washington, D.C. Tras lo ocurrido, te-nemos tres obligaciones: recordar, rezar y cambiar.
Primero, debemos recordar. En nuestra vida diaria, frecuentemente lidiamos con el sufrimiento al sumergirnos cotidianamente en las exigencias del trabajo o la familia. Todos nosotros en algún momento perdemos personas que amamos. Todos conocemos el sufrimiento que acompaña ese tipo de pérdidas. Todos enfrentamos la tentación de dejar que nuestras memorias se vuelvan insensibles con el fin de continuar con nuestras vidas. Añoramos lo familiar y lo normal.
Pero, en cierto sentido, nada puede ser "normal" después del 11 de Septiembre de 2001. Las víctimas siguen desaparecidas, sus familias aún sufren, y aquellos que planearon los asesinatos tienen la libertad de matar. El mundo es un lugar cambiado, y si los norteamericanos volvemos a nuestra rutina "normal" de comodidad, mezquindad política y egocentrismo, estamos negando los deberes que el 11 de Septiembre ha puesto sobre nosotros. Necesitamos recordar que personas inocentes murieron, sus familias necesitan nuestro apoyo, y todavía debe hacerse justicia. Debemos buscar esa justicia sin amargura, pero también sin descanso.
En segundo lugar, debemos rezar. No podemos buscar justicia sin anclar nues-tros corazones en Dios. La justicia no es venganza, y buscarla requiere sabiduría y autocontrol, al mismo tiempo que coraje y acción.
En las semanas que siguieron a los ataques el año pasado, las personas llenaron las iglesias norteamericanas y otros lugares de culto porque sabían, ins-tintivamente, que sólo su fe podía darle sentido a la tragedia. Necesitamos seguir sostenidos a esa fe. Debemos volver a comprometernos en la tarea de una oración sincera, diaria, personal por las víctimas del 11 de Septiembre y sus familias; por los hombres y mujeres que sirven en nuestras fuerzas armadas; y por los funcionarios elegidos que tienen la responsabilidad de conducir nuestro país en un tiempo peligroso y construir una paz auténtica en el mundo. Más que nunca antes, necesitamos escuchar la voz de Dios en nuestras vidas, y necesitamos poner nuestra nación y nuestro mundo en sus manos.
Finalmente, debemos cambiar. No podemos ser las personas entretenidas que éramos hace un año. Debemos cambiar. Estados Unidos es una gran nación -una nación cuyos Fundadores enraizaron nuestras instituciones en ideas, principios e integridad moral únicos en la historia. Debemos recuperar su legado. Debemos vivir a la altura de tal dignidad. Nosotros somos más que la suma de nuestras posesiones y campañas publicitarias. Dios nos creó para hacer más que eso -no sólo por nosotros, sino también por los pobres y hambrientos alrededor del mundo que nos miran con esperanza. Dios ha bendecido nuestra nación. Nosotros debemos ser una bendición para otros.
En la lectura de la Liturgia del 11 de Septiembre, San Pablo nos dice que "el tiempo es corto" y que "el mundo como lo conocemos está pasando". El tiempo de recordar, rezar y cambiar es ahora. Que Dios use este aniversario del 11 de Septiembre para comenzar una renovación en todos nues-tros corazones.
+Charles J. Chaput, O.F.M. Cap.
Archbishop of Denver
+José H. Gomez, S.T.D.
Auxiliary Bishop of Denver
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