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March 13, 2002

 

Vuelve al Señor en esta Cuaresma

Experimenta la alegría cuaresmal: construye una amistad con Dios

Volved a Yahveh vuestro Dios, porque él es clemente y compasivo, tardo a la cólera, rico en amor". Estas palabras del libro de Joel que escuchamos en la Primera Lectura de la Misa del Miércoles de Ceniza, nos deberían guiar durante toda la Cuaresma.

Todos nosotros vivimos buena parte de nuestras vidas en una lucha interior. Por un lado, cada uno de nosotros ha nacido con una necesidad de "algo más". Todos tenemos un anhelo natural por la felicidad, pero no podemos ser felices solos. Hemos sido creados para la plenitud, para la amistad con los demás, y para la comunión con nuestro Creador. Esto es lo que San Agustín quiso expresar en sus "Confesiones": "Señor, nuestro corazón estará inquieto, hasta que no descanse en Ti." Como Agustín, nuestros corazones estarán inquietos hasta que no encontremos la alegría que solo la amistad con Dios, a través de Jesucristo, nos puede traer.

Por otro lado, todos nosotros somos egoístas. Cada uno de nosotros es un pecador. Una y otra vez, a pesar de tener las mejores intenciones, optamos mal, hacemos cosas malas y herimos a los que amamos. Y tras estas caídas personales siempre viene la tentación de perder las esperanzas de cambiar algún día _ de eliminar de nuestras mentes la santidad como una idea bonita que simplemente no funciona.

Claro que lo sabemos mejor porque tenemos el ejemplo de los santos. Mientras mejor conocemos las historias de los santos, mejor entendemos que la mayoría de ellos se parecían mucho a nosotros. Ellos eran personas comunes, que gradualmente se hicieron el hábito de elegir correctamente y hacer buenas obras. En el día a día, han tejido una vida extraordinaria con materiales ordinarios.

Con la ayuda de Dios, nosotros podemos hacer lo mismo. La Cuaresma no es un tiempo para censurarnos a nosotros mismos. Pues al final, lo que Dios ama, nosotros no tenemos el derecho a odiar. Pero el ayuno, la oración y las mortificaciones de este tiempo tienen un fin muy importante: ayudarnos a limpiar los desechos de nuestra alma. Ellos terminan con el egoísmo que obstruye nuestra mirada de Dios, y bloquea Su luz de nosotros. Como dice la Escritura, cuando nos negamos a nosotros mismos es que nos encontramos _ porque estamos incompletos e inquietos, no somos plenamente nosotros, sin Dios.

La Cuaresma es una invitación a eliminar las distracciones que mantienen nues-tro corazón inquieto y vacío. Si hacemos espacio para el Rey verdadero, Él hará mucho más que llenar el espacio. Él hará de nosotros lo que ha pensado que seamos: santos. Entonces, vivamos esta Cuaresma no como una carga, sino como una amnistía, una alegría, un camino para refocalizar nuestro ser en lo único que realmente importa eternamente: la amistad con Dios.

Y claro, para cada uno de nosotros, no hay mejor lugar para empezar que el confesionario.

Sería una negligencia mía terminar esta columna sin una idea final.

Así como Dios muestra su misericordia hacia nosotros, nosotros también deberíamos mostrar Su misericordia a los demás. La Cuaresma es un tiempo para reflexionar en nuestro pecado, para aprender la humildad y la gratitud, y para volver hacia la grandeza del amor de Dios. El Hijo de Dios nos entregó su vida para que nosotros tuviéramos vida eterna. Verdaderamente, nosotros sí podemos respetar la vida como una ma-nera de testimoniar el amor de Cristo.

El Papa Juan Pablo II y los obispos americanos hemos pedido una y otra vez a las autoridades públicas para acabar con la pena de muerte. No la necesitamos. Ella no impide el crimen. Y su aplicación parece arbitraria en muchos casos, gravemente defectuosa e indigna de una cultura civilizada. Francisco Martinez _ cuya sentencia de muerte será revisada por la Corte Suprema de Colorado _ y los otros hombres que han sido condenados a muerte en Colorado, no necesitan morir para servir al castigo que sus acciones merecen.

Cada una de las sentencias de muerte, ya sea dada por tres jueces o por uno solo, tiene exactamente el mismo efecto: destruye otra vida sin traer ningún fruto, además de degradarnos y reducirnos a todos nosotros. Al ofrecer nuestras oraciones a Dios en esta Cuaresma, pidámosle a Él que nos restablezca como una cultura de vida _ una cultura comprometida con la santidad de cada vida, incluso la de los criminales condenados.

 


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