"Si hace cuac, luce como pato y camina como pato, probablemente sea un
pato. Un zorro puede repetir todo el día que es un pato. Pero sigue
siendo un zorro".
Todos hemos escuchado ese dicho, en cualquiera de sus distintas
versiones, mil veces. La razón es simple: Es verdad. Nuestras acciones
prueban quienes somos. Si es que hay un abismo entre lo que decimos, lo
que hacemos y lo que parecemos, no estamos viviendo en un espíritu de
verdad. Un zorro, aún si hace cuac, es siempre un zorro. Tarde o
temprano, esto se hace obvio.
Recordé esto la semana pasada mientras leía una noticia más acerca de
los candidatos que afirman ser católicos, pero que ignoran absolutamente
su fe cuando de política se trata. Ha pasado ya mucho tiempo desde John
F. Kennedy, quien simplemente escondió su fe en el armario. Hoy contamos
con senadores católicos que orgullosamente se jactan de defender leyes
que amenazan y destruyen la vida - pero que luego van y reciben la
comunión.
Una benévola explicación para este tipo de comportamiento es que muchos
candidatos católicos no conocen su propia fe. Es por ello que, con un
espíritu de caridad, la Santa Sede ofreció su guía y aliento a través
de un pequeño documento publicado el año pasado sobre "Algunas Preguntas
Respecto de la Participación de los Católicos en la Vida Pública".
Nada en este documento romano es nuevo, pero ofrece una visión del
servicio público llena de sentido común.
En primer lugar, citando a Juan Pablo II, nos recuerda que "el hombre no
puede ser separado de Dios, ni la política de la moral". En otras
palabras, si nuestra fe no modela nuestras acciones y decisiones
públicas, se trata sólo de una ilusión piadosa. La fe privada, si es
genuina, siempre se convierte en testimonio público - también en
testimonio político.
En segundo lugar, mientras los cristianos "deben reconocer la
legitimidad de los distintos puntos de vista acerca de la organización
de los asuntos del mundo", están también "llamados a rechazar, por ser
una injuria contra la vida democrática, una concepción del pluralismo
que refleje el relativismo moral". Defensas de una definición pluralista
de la tolerancia no pueden nunca excusar la inacción frente al grave mal
- incluyendo los ataques contra la santidad de la vida. Los católicos
sólo pueden asegurar un pluralismo real "viviendo y actuando en
conformidad" con sus convicciones religiosas, de tal manera que "a
través de la vida política, la sociedad se vuelva más justa y más
consistente con la dignidad de la persona humana".
Tercero, "(la democracia) triunfa sólo en la medida en que se basa en un
correcto entendimiento de la persona humana". Los legisladores católicos
que no buscan vigorosamente proteger la dignidad y la santidad de la
vida humana desde la concepción hasta la muerte natural, no están
sirviendo a la democracia. La están traicionando.
Cuarto, "aquellos directamente involucrados en los entes legisladores
tienen una 'seria y clara obligación de oponerse' a cualquier ley que
ataque la vida humana. Para ellos, como para cualquier católico, es
imposible promover tales leyes o votar por ellas". La política es el
ejercicio del poder, y el poder tiene siempre implicancias morales.
Somos responsables ante Dios - desde el elector promedio hasta los
senadores y presidentes - del uso de nuestro poder político. De si lo
usamos para servir al bien común y a la persona humana.
Los candidatos llamados "pro-elección", que dicen ser católicos, nos
conducen a una encrucijada en este año de elecciones. Muchos católicos,
incluso algunos líderes de la Iglesia, argumentan que "(nosotros) no
deberíamos limitar (nuestra) preocupación a un solo tema, sin importar
cuán fundamental éste pueda ser". Eso es verdad - pero también puede ser
engañoso.
Los católicos tienen el deber de trabajar incesantemente a favor de la
dignidad humana en todas las etapas de la vida, y de demandar lo mismo
de sus representantes. Pero algunos temas son cruciales. Algunos temas
son prioritarios. Aborto, leyes migratorias, comercio internacional,
pena de muerte, y vivienda y cuidado a los pobres son todos temas de una
importancia vital. Pero por mucho que se calcule, no puede igualárseles
en gravedad.
El derecho a la vida está primero. Precede y subyace todo tema social o
grupo de temas. Es por ello que el Beato Papa Juan XXIII lo consideró el
primer derecho humano en su gran Encíclica sobre la paz en el mundo,
Pacem in Terris. Y como los Obispos norteamericanos resaltaron en su
Carta Pastoral de 1998, Viviendo el Evangelio de la Vida, el derecho a
la vida es la fundación de cualquier otro derecho.
El humorista James Thurber alguna vez escribió que "puedes engañar a
muchas de las personas muchas de las veces". Nuestra labor como
católicos en ese año de elecciones - si nos tomamos nuestra fe en serio
- es la de no dejarnos engañar.
Los candidatos que dicen ser "católicos" pero que ignoran públicamente
las enseñazas católicas respecto de la santidad de la vida humana,
ofrecen un testimonio público deshonesto. Intentarán parecer católicos y
sonar católicos, pero si es que no actúan como católicos en su vida
pública y opciones políticas, en realidad estamos ante una distinta
clase de criaturas.
Los católicos de verdad deberían votar consecuentemente.