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Como
Cristo amó a la Iglesia
Carta
Pastoral al Pueblo de Dios del norte de Colorado,
sobre la formación de los sacerdotes del mañana
I. Renovando el Cuerpo
de Cristo
A todo el pueblo,
religiosos, diáconos, sacerdotes y seminaristas de la Iglesia en el norte
de Colorado.
Salud y paz en Jesucristo.
1. Todo cristiano
vive una vida en misión y en comunión. Ello brota de los dos mandatos
compartidos por todos los creyentes: anunciar y enseñar el Evangelio (Mt
28,19-20); y amarnos los unos a los otros como Jesús nos ama (Jn 13,34).
Estas tareas reflejan la igualdad y dignidad fundamental de todas las
personas en la Iglesia. Somos infinitamente amados por Dios. Estamos todos
llamados a ser levadura suya en el mundo.
2. Sin embargo, como
señala San Pablo, un cuerpo tiene muchos miembros, cada uno con dones
únicos que ofrecer para el crecimiento en santidad de los demás (1Cor
12,12-13). Así es en toda familia. Una familia crece cuando cada miembro
realiza su papel en alegre servicio a los demás. En la Iglesia, como Cuerpo
de Cristo y familia de fe, es igual. En el marco de nuestra común vocación
de ser fermento de la verdad y del amor de Dios en la sociedad, cada uno
de nosotros es llamado a un servicio específico en un estado particular
de vida: laical, consagrado u ordenado.
3. Al fundar el Instituto
Teológico Nuestra Señora del Nuevo Adviento, mi esperanza es que Dios
hará surgir a través de él un ambiente donde laicos, consagrados y sacerdotes
puedan profundizar en la comprensión de su papel singular en su Plan,
aprendiendo asimismo a respetar y alentar a aquellos llamados a diferentes
estados de servicio en la Iglesia. Igualdad entre los miembros de la Iglesia
no significa que sus lugares sean intercambiables. Significa más bien
vivir los diferentes dones que cada cual posee de manera plena y auténtica,
unidos en un común servicio por el bien de todos.
4. Uno de los grandes
signos de la presencia del Espíritu Santo en nuestra Iglesia ha sido la
renovación del apostolado laical, de manera especial a partir del Concilio
Vaticano II. Otro gran signo ha sido el surgimiento de nuevos movimientos
apostólicos y formas de vida consagrada. La Arquidiócesis de Denver ha
sido excepcionalmente bendecida con ambos. En la medida en que nuestro
Instituto vaya desarrollando nuevos recursos y crezca, ampliando sus programas
de estudios a nuevas áreas de formación, cada uno de estos signos brindará
abundante material para una más profunda reflexión pastoral.
5. Mi objetivo en
esta Carta es, sin embargo, centrarme en nuestra necesidad más urgente,
una necesidad que si es atendida, alentará inmediatamente la renovación
de toda la Iglesia en el norte de Colorado. La Iglesia no es solamente
un grupo de individuos congregados en torno a un texto sagrado. Ella es
una comunidad, una comunidad enraizada en la Palabra de Dios y en los
sacramentos. No importa cuántas otras cosas en nuestro tiempo den buenos
frutos para el Evangelio, pero no hay presencia constante de Cristo en
el mundo sin la Iglesia; no hay Iglesia sin la Eucaristía; y no hay Eucaristía
sin el sacerdote. Necesitamos sacerdotes: hombres buenos, con una buena
formación, hombres alegres y valientes, hombres que amen a Jesucristo,
que amen a la Iglesia y anhelen servir al Pueblo de Dios. Y, lo que es
igualmente importante, necesitamos una comunidad de fe que como familia
promueva y aliente a estos hombres y los apoye en sus sacrificios. Pero
si queremos lograr este objetivo, entonces debemos, de la misma manera,
querer los medios para alcanzarlo. El Seminario Teológico San Juan Vianney
-que está en el corazón de este nuevo Instituto- proveerá los recursos
espirituales y académicos necesarios para realizar esta tarea.
II. Sacerdocio e
identidad
6. Como escribe el
Papa Juan Pablo II, en su exhortación apostólica de 1992 "Os daré pastores"
(Pastores dabo vobis; PDV), la vocación sacerdotal está realmente insertada
en la vida de la Iglesia. De hecho, "no se puede definir la naturaleza
y la misión del sacerdocio ministerial si no es bajo este multiforme y
rico conjunto de relaciones que brotan de la Santísima Trinidad y se prolongan
en la comunión de la Iglesia" (12). De manera similar, la relación entre
el Seminario Teológico San Juan Vianney y el Instituto Teológico Nuestra
Señora del Nuevo Adviento representa la comunión entre los varios llamados
o estados de vida dentro de la Iglesia.
7. En el mismo documento,
Juan Pablo señala: "El seminario, que representa como un tiempo y un espacio
geográfico, es sobre todo una comunidad educativa en camino: la comunidad
promovida por el Obispo para ofrecer, a quien es llamado por el Señor
para el servicio apostólico, la posibilidad de revivir la experiencia
formativa que el Señor dedicó a los Doce" (60). El Santo Padre identifica
cuatro componentes de esa experiencia: la formación humana, la formación
espiritual, la formación intelectual y la formación pastoral. Es a estos
cuatro aspectos de la formación a los que nuestros seminaristas de hoy
y mañana deberán aplicarse.
8. El fin primario
del programa total de formación del seminario es sin embargo dotar de
un fuerte y saludable sentido de identidad a quienes servirán a la Iglesia
como sacerdotes. Una fuente de esta identidad se encuentra en el pasaje
bíblico donde San Pablo habla a esposos y padres sobre su responsabilidad
de servir a sus familias en el amor: "Maridos, amad a vuestras mujeres
como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella", (Ef 5,25).
Pablo podría estar hablando directamente por igual a sacerdotes como a
esposos y padres. De hecho, en Cristo Sumo Sacerdote vemos la vocación
de esposo y sacerdote combinada. El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC)
asimila los Sacramentos del Matrimonio y el Orden, refiriéndose a ellos
como "dirigidos hacia la salvación de los demás" (1534). Y añade: "La
estima de la virginidad por el Reino y el sentido cristiano del Matrimonio
son inseparables y se apoyan mutuamente" (1620). Juan Pablo II asimila
igualmente ambas vocaciones diciendo: "El sacerdote está llamado a ser
imagen viva de Jesucristo Esposo de la Iglesia" (PDV, 22).
9. Vivimos en una
época en la que se define el valor de una persona por su profesión y su
ingreso económico. Pero la identidad del sacerdote no es la suma de su
competencia profesional o funcional. Como lo señaló el Concilio Vaticano
II en el Decreto sobre el Ministerio y vida de los presbíteros (Presbyterorum
ordinis; PO), un sacerdote actúa "in persona Christi capitis" -esto es,
en nombre de Cristo Cabeza- en su triple papel como santificador (sacerdote),
maestro (profeta) y pastor (rey) (PO, 2). Pero lo hace siempre en relación
esponsalicia de amor. El sacerdote no está llamado solamente a hacer cosas
en y por la Iglesia, sino a ser el que ama a la Iglesia. Debe amarla como
Cristo la ama y Cristo dio su vida por ella.
10. Se encuentra
ahí una apelante, aunque a menudo desatendida, razón para el celibato
sacerdotal. En cuanto hijo de quien es Dios de la Vida abundante, toda
persona humana tiene el deseo de procrear nueva vida. Para el sacerdote,
el celibato no es ni un rechazo ni una represión de su sexualidad, sino
una elección positiva para dar vida espiritual a la familia de la fe.
Un sacerdote célibe es un no-casado sólo en cuanto no está casado con
una mujer particular, en aquella maravillosa unión creada por el Sacramento
del Matrimonio. Pero sí está casado -por el sello indeleble conferido
por el Sacramento del Orden, que lo configura eternamente a Cristo célibe-
con su Esposa, la Iglesia. Como tal, es para quienes viven el estado matrimonial
signo del amor radical que Dios les pide. Es en reconocimiento a su vocación
de esposo de la comunidad creyente a la que sirve, por lo que tradicionalmente
llamamos a los sacerdotes "Padre". En esta forma los que hemos nacido
a la Iglesia a través del Bautismo expresamos nuestro amor por aquellos
que se han casado con nuestra Madre la Iglesia.
III. Formando los
sacerdotes del mañana
11. ¿Cómo podemos
preparar de la mejor manera a los hombres para este matrimonio con la
Iglesia? Aquel gran padre oriental, Gregorio Nacianceno, escribió que
"debemos empezar por purificarnos a nosotros mismos antes de purificar
a los demás; debemos ser instruidos para poder instruir, hacernos luz
para poder iluminar, acercarnos a Dios para acercarlo a los demás, ser
santificados para santificar, llevar de la mano y aconsejar con prudencia".
Juan Pablo II se ha hecho eco de la profunda percepción del Nacianceno
al dividir la formación sacerdotal en las cuatro áreas principales antes
mencionadas (PDV, capítulo 5).
Formación humana:
"…purificarnos a nosotros mismos antes de purificar a los demás".
12. Todo sacerdote
está llamado a ser "viva imagen" de Jesús, y por tanto "debe procurar
reflejar en sí mismo, en la medida de lo posible, aquella perfección humana
que brilla en el Hijo de Dios hecho hombre… el sacerdote debe plasmar
su personalidad humana de manera que sirva de puente y no de obstáculo
a los demás en el encuentro con Jesucristo" (43).
13. La perfección
humana de Cristo no lo hace menos humano, sino precisamente más humano.
Él es lo que Dios quiere que todos nosotros seamos. El sacerdote se hace
más humano, y no lo contrario, al esforzarse por alcanzar la plena madurez
humana que se manifiesta en las virtudes naturales. El Santo Padre escribe
que "los futuros presbíteros deben cultivar una serie de cualidades humanas,
no solo por el adecuado y necesario crecimiento personal, sino también
en orden al ministerio. Estas cualidades se hacen necesarias para que
sean personas equilibradas, sólidas y libres, capaces de llevar el peso
de las responsabilidades pastorales. Deben ser educados en el amor a la
verdad, en la lealtad, en el respeto por la persona, en el sentido de
la justicia, en la fidelidad a la palabra dada, en la verdadera compasión,
en la coherencia y, en particular, en el equilibrio de juicio y de comportamiento"
(43).
14. Al igual que
cualquier creyente, los sacerdotes no pueden sencillamente excusar o subestimar
-como algunas psicologías modernas lo sugieren- las comunes fallas humanas
contra las cuales luchan. De manera especial cuando tales debilidades
pueden dar lugar a escándalo, la verdadera humildad requiere que no solamente
reconozcamos nuestras fallas, sino que recurramos a la gracia de Dios
que nos fortalece en nuestras debilidades humanas. Esto es lo que quiere
decir San Pablo cuando afirma "Con sumo gusto seguiré gloriándome sobre
todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo" (2Cor
12,9).
15. Juan Pablo II
subraya particularmente la importancia de una madurez afectiva que ponga
los cimientos a la entrega de sí mismo que hace el sacerdote en todas
las relaciones a las que lo llama su ministerio. Sin la capacidad de expresar
y recibir amor de manera madura, fraternal, que comprometa a toda la persona,
a nivel físico, psíquico y espiritual, las obligaciones del sacerdocio
se vuelven una carga. Esto es particularmente cierto en el carisma del
celibato, que debe ser construido sobre una "madurez afectiva que capacite
a la prudencia, a la renuncia a todo lo que pueda ponerla en peligro,
a la vigilancia sobre el cuerpo y el espíritu, a la estima y respeto en
las relaciones interpersonales con hombres y mujeres" (44).
16. Para el sacerdote
célibe, el "significado nupcial del cuerpo" se expresa reservando las
expresiones sexuales físicas de la misma manera en que lo hizo Jesús.
Así como Cristo se ofreció a sí mismo en la Cruz como consumación nupcial
entre Él y la Iglesia, al hacer de sus cuerpos un sacrificio espiritual
(Rom 12,1) es que los sacerdotes se casan con la Esposa de Cristo. "La
Iglesia, como Esposa de Jesucristo, debe ser amada por el sacerdote de
modo total y exclusivo como Jesucristo Cabeza y Esposo la ha amado" (29).
17. Si bien la gracia
puede superar toda debilidad, los seminaristas deben esforzarse por lograr
una comprensión de sí mismos que por un lado no minimice la importancia
de la sexualidad dada por Dios, ni que ingenuamente subestime las exigencias
de una vida célibe. De modo muy real, el seminario es un periodo de preparación
pre-nupcial en el que el hombre busca, por la gracia de Dios, hacerse
el tipo de hombre que la Iglesia quiere y necesita como esposo. Una vez
más, señala Juan Pablo II: "La vida del sacerdote debe irradiar este rasgo
esponsal, que le pide ser testigo del amor de Cristo como Esposo y, por
eso, ser capaz de amar a la gente con un corazón nuevo, generoso y puro,
con auténtica renuncia de sí mismo, con entrega total, continua y fiel,
y a la vez con una especie de 'celo divino' (cf. 2Cor 11,2), con una ternura
que incluso asume matices del cariño materno, capaz de hacerse cargo de
los 'dolores de parto' hasta que 'Cristo sea formado' en los fieles (cf.
Gál 4,19)" (22).
18. Así como el matrimonio
requiere el consentimiento libre y voluntario, el don del celibato sólo
puede ser recibido si es acogido libre y voluntariamente por el sacerdote.
Lamentablemente, algunas personas en las últimas décadas sienten malestar
a causa de esto, esperan que sea cambiado, o lo asumen de manera completamente
legalista. Pero sin consentimiento a la Esposa, la vida sacerdotal nunca
será todo lo fructífera que puede ser. Este consentimiento a la Iglesia
se expresa y consuma en la disponibilidad llena de amor y generosidad
de cada sacerdote al pueblo de Dios. Como dice de manera tan hermosa el
Catecismo, "aceptado con un corazón alegre, el celibato anuncia de modo
radiante el Reino de Dios" (CIC, 1579).
Formación espiritual:
"Ser santificados para santificar"
19. Una adecuada
formación humana conduce a una apertura a la posibilidad de la santidad.
Esa posibilidad se realiza a través de la intimidad con Dios en la Trinidad.
"La formación espiritual -afirma Juan Pablo II- debe darse de tal forma
que los alumnos aprendan a vivir en trato familiar y asiduo con el Padre
por su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo". (PDV, 45, citando el Decreto
del Concilio Vaticano II sobre la formación sacerdotal [Optatam Totius;
OT], 8.)
20. Como enseña el
Santo Padre, Cristo es la llave para ingresar a la divina comunión de
amor. "Habiendo de configurarse a Cristo Sacerdote por la sagrada ordenación,
habitúense a unirse a Él, como amigos, con el consorcio íntimo de toda
su vida" (ibid., énfasis añadido). En su carta apostólica "Mientras se
aproxima el tercer milenio" (Tertio millennio adveniente; TMA), Juan Pablo
II añade: "Es necesario suscitar en cada fiel un verdadero anhelo de santidad,
un fuerte deseo de conversión y de renovación personal en un clima de
oración siempre más intensa y de solidaria acogida del prójimo, especialmente
del más necesitado" (42). Sin la oración cotidiana, un sacerdote no puede
cumplir con las responsabilidades de su vocación. Esto es verdad para
los cristianos en toda vocación, pero cuánto más para el sacerdote, quien
debe servir como guía y agente de esperanza para todos los que elijan
seguir el camino espiritual señalado por Cristo, iniciador y consumador
de nuestra fe (Heb 12,2).
21. Las obligaciones
del estado sacerdotal incluyen el rezo diario de la Liturgia de las Horas,
con toda la Iglesia y para toda la Iglesia. Los sacerdotes deben sobre
todo procurar ofrecer la Eucaristía diariamente, pues "de este sacrificio
único, saca su fuerza todo su ministerio sacerdotal" (CIC, 1566). El frecuente
recurso al Sacramento de la Reconciliación es también requisito para cualquier
avance en la vida espiritual.
22. Los seminaristas
nunca deben ver estas "anclas" de la vida sacerdotal como cargas de las
cuales se necesita un descanso o una tregua. No son solo cosas que hace
un sacerdote, sino que son parte integral del ser del sacerdote. El sacerdote
no puede ser solamente un hombre que ora, debe ser un hombre de oración,
un hombre transformado por la oración constante. La vida de oración debe
incluir asimismo la diaria lectura y reflexión en torno a la Sagrada Escritura,
la Palabra de Dios. Sin una profunda familiaridad con "el plan del misterio"
revelado en Cristo (Ef 3,9), un sacerdote no puede dar a conocer dicho
misterio a los demás.
23. La celebración
de la Eucaristía, el rezo de la Liturgia de las Horas y la lectura de
la Sagrada Escritura forman la base sólida para la oración meditativa.
Esto también debe ser parte cotidiana de la vida de un sacerdote. Muchos
utilizan el Rosario como un incentivo para una meditación más profunda.
Este recurso fundamental de la piedad católica merece un lugar en el régimen
diario de los sacerdotes. Una gran ventaja del Rosario es el generar en
nosotros una perspectiva mariana, y por tanto maternal, que puede llevar
al sacerdote a un más profundo sentido de la complementariedad y final
unidad de las dimensiones masculina y femenina en el Plan de Dios. Nuestros
modernos horarios pueden hacer escaso el tiempo para la oración, pero
un sacerdote debe poner primero a Dios y los otros deberes siutuarlos
en segundo lugar. Sin lo primero, no tendrá mucho que ofrecer a lo que
sigue.
24. Algunas palabras
deben también decirse sobre lo que se solía llamar "mortificación". El
ayuno y otros métodos de auto disciplina son esencialmente un tipo de
práctica en la auto-donación. Si constantemente nos consentimos los numerosos
lujos que el mundo moderno pone ante nosotros, no estaremos preparados
para sacrificarnos por el bien de aquellos que debemos amar: Dios y el
prójimo. Esto es particularmente difícil para los hombres jóvenes de hoy,
que han crecido en una cultura -nueva en la historia humana- en la que
noticias, alimento y diversas formas de entretenimiento se encuentran
constantemente al alcance. Ellas nos pueden robar el tiempo, espacio y
silencio que necesitamos para crecer en la vida espiritual. También pueden
sutilmente distanciarnos de los sufrimientos de los pobres, tanto en casa
como en el extranjero. Actos breves y silentes de donación de nosotros
mismos a Dios, en la forma de pequeños sacrificios, nos hacen avanzar
mucho en el camino de reorientarnos de una adictiva preocupación al consumo
de bienes hacia la amorosa disponibilidad a Dios y al prójimo.
25. La oración y
el ayuno, junto con la constante dedicación al servicio del pueblo de
Dios, enseñan al sacerdote a acercarse a Cristo como un amigo en cada
detalle de sus vidas. En cada detalle, pues a través de la disciplina
de la oración y la auto donación, sea formal o espontánea, Cristo es explícitamente
invitado a estar en cada circunstancia del apostolado sacerdotal, en cada
circunstancia de la vida sacerdotal. "Gracias a esta identificación con
Cristo crucificado, como siervo, el mundo puede volver a encontrar el
valor de la austeridad, del sufrimiento y también del martirio, dentro
de la actual cultura imbuida de secularismo, codicia y hedonismo" (PDV,
48).
26. El "Año de espiritualidad"
que hemos establecido en la Arquidiócesis de Denver como el primer año
de discernimiento vocacional se funda en el éxito de similares esfuerzos
en otros lugares, especialmente en la Arquidiócesis de París. Nuestros
primeros dos años de experiencia con este programa ha sido particularmente
fructífero para dar a conocer a las personas las alegrías y desafíos del
compromiso sacerdotal antes de iniciar los respectivos estudios filosóficos
y teológicos con miras a la ordenación. El Año de Espiritualidad ha cautivado
los corazones y mentes de los que lo han experimentado, conduciéndolos
a una más profunda intimidad con Jesús, la Iglesia, y especialmente con
la presencia de Cristo en la Eucaristía. Es un programa que con gusto
y agradecimiento continuaremos.
Formación intelectual:
"Debemos ser instruidos para poder instruir, hacernos luz para poder iluminar".
27. Uno de los mayores
desafíos que se presentan al abrir un nuevo seminario es la elaboración
de un sólido programa académico. Como arquidiócesis, agradecemos sinceramente
a la Regis University por permitirnos generosamente completar la educación
superior de algunos de nuestros seminaristas pre-graduados a través de
sus programas. Más aún, gracias a la Pontificia Universidad Lateranense,
como instituto teológico nos ha sido otorgado estatuto de afiliado. Éste
es un maravilloso honor, y significa que la Universidad Lateranense misma
otorgará todos los grados conferidos por el Seminario Teológico San Juan
Vianney. Dicho estatuto se basa sobre la percepción de la facultad de
teología de la Lateranense acerca de la calidad del programa de estudios
que estaremos ofreciendo. La Iglesia, claro está, da pautas específicas
para los estudios en seminarios. Estos destacan que la formación intelectual
no está separada de la formación humana, espiritual y pastoral. El deseo
de saber es, después de todo, una parte central de ser humano. Los estudios
en el seminario apuntan a una más profunda comprensión de los misterios
manifestados en la vida espiritual, y preparan al seminarista para ofrecer
dirección espiritual a quienes necesitan encontrar en esos mismos misterios
el significado de sus alegrías y dolores.
28. Los problemas
sociales particulares de hoy, el alto nivel de la educación de muchos
católicos en Estados Unidos y las exigencias de un prudente liderazgo
en la Iglesia, requieren que los seminaristas reciban "un excelente nivel
de formación intelectual" (PDV, 51). Este nivel de formación es especialmente
necesario para aquellos que servirán como futuros agentes en la diaconía
(servicio) de la verdad (ver la encíclica del Papa Juan Pablo II sobre
La fe y la razón [Fides et ratio], 2). Por tanto, para muchos de ellos
que vienen a nuestro programa vocacional con un grado de bachillerato
en alguna área diversa de la filosofía, su formación intelectual incluirá
dos años de estudios filosóficos y cuatro de estudios teológicos.
29. Como buenos administradores
del Reino, queremos tomar tanto lo viejo como lo nuevo para presentarlo
a nuestros seminaristas. Se encontrarán con los maestros de la historia
intelectual en las áreas de filosofía y teología, desde los antiguos Padres
Griegos y Apostólicos, hasta los autores contemporáneos. Apuntamos a una
combinación filosófica, teológica y práctica en la formación pastoral
que logre "un currículo internamente coherente y unificado" que la Iglesia
pide en los seminarios (ver el Programa de Formación Sacerdotal de los
Obispos estadounidenses [PPF], 351; ver también la exhortación apostólica
del Papa Juan Pablo II Sabiduría cristiana [Sapientia christiana; SC],
art. 67.2). Ello debe incluir ciertamente una aproximación a la teología
que sea "comprensiva y extensiva, cubriendo la amplitud de la doctrina
cristiana" (PPF, 339). Cumpliendo con lo señalado en la declaración del
Concilio Vaticano II, en cuanto que "el estudio de la Sagrada Escritura
ha de ser como el alma de la Sagrada Teología" (ver la constitución dogmática
del Concilio Vaticano II sobre la Divina Revelación [Dei Verbum], 24,
y SC, art 67.1), buscamos hacer de las Escrituras la base de nuestro currículo.
30. Es vital que
los diversos componentes de la vida del seminario, las clases, las liturgias,
el servicio en las parroquias y a los pobres, así como el tiempo dispuesto
para la oración personal, contribuyan a una visión unificada del mensaje
del Evangelio en toda su belleza. Esto significa que "una aproximación
puramente abstracta al conocimiento sea superada por aquella inteligencia
del corazón que sabe 'ver más allá' y es después capaz de comunicar el
misterio de Dios a los hermanos" (PDV, 51).
Formación pastoral:
"acercarnos a Dios para acercarlo a los demás,... llevar de la mano y
aconsejar con prudencia"
31. Escribe el Papa
Juan Pablo II: "La educación de los alumnos [del seminario] debe tender
a la formación de verdaderos pastores de almas, a ejemplo de nuestro Señor
Jesucristo, Maestro, Sacerdote y Pastor" (PDV, 57, citando el Concilio
Vaticano II en PO, 4). La formación del candidato al sacerdocio debe tener
como objetivo inculcar la caridad pastoral que permitirá al sacerdote
llegar a ser "la imagen viviente de Cristo" que está llamado a ser. Para
ser imagen de Cristo -el Buen Pastor y Esposo de la Iglesia- la formación
del seminarista debe tener una orientación específicamente pastoral. No
es suficiente estar emocional, espiritual e intelectualmente maduro. Todas
las cualidades deben estar al servicio de los demás en el sacerdocio.
32. Por lo tanto,
los cursos suplementarios de "ministerio" no son suficientes en la formación
pastoral de personas jóvenes para el sacerdocio. La formación pastoral
requiere que el seminarista sea capaz de integrar lo que ha aprendido
en el estudio con lo que ha aprendido por experiencia. Todo momento en
el proceso de crecimiento en el seminario debe hacer referencia al ámbito
pastoral. Más allá de cursos específicos en áreas tales como consejo pastoral,
administración parroquial y homilética, nos apoyaremos mucho en nuestros
párrocos y en la gente en este proceso de introducir y preparar a las
personas para el trabajo en el ministerio parroquial. Es mi sincera esperanza
que el colocarlos con los párrocos de la Arquidiócesis de Denver y con
la gente en las parroquias del norte de Colorado, durante el verano, ofrecerá
a nuestros seminaristas ocasiones reales de crecimiento. En estos lugares,
sobre todo, aprenderán a amar a la Esposa de Cristo como debe ser amada:
como Cristo mismo la amó.
IV: Conclusión: el
papel de nuestra familia en la fe
33. Es particularmente
apropiado que nuestro nuevo seminario sea nombrado en honor de San Juan
Vianney, Santo Patrono de los Párrocos. Él tuvo una gran estima por el
sacerdocio, a la par que, en su gran humildad, parecía tomar siempre distancia
de la alta dignidad que veía en el oficio que había recibido. Siempre
que alguien lo felicitaba o alababa su santidad, más bien dirigía aquello
hacia el oficio del sacerdote. Nada mejor podemos hacer en nuestras reflexiones
sobre el sacerdocio, que orar con sus mismas palabras, como aparecen en
el Catecismo de la Iglesia Católica: "Si se comprendiese bien al sacerdote
en la tierra se moriría no de pavor sino de amor… El sacerdocio es el
amor del Corazón de Jesús".
34. Invitar, promover
y alentar este amor en nuestros jóvenes es la tarea de la comunidad católica
toda. Vivimos en un tiempo único en la vida de nuestra Iglesia local.
El Instituto y Seminario que inauguramos este otoño nos ofrece la oportunidad
de hacer vida la "nueva evangelización" de una manera renovada e intensa.
Pero esto no se puede lograr en el vacío.
35. Pido a todo joven
católico en la Arquidiócesis que se ponga profundamente a la escucha de
la voluntad de Dios en su vida, y considere el sacerdocio de manera honesta
y sincera. He hablado honestamente sobre los sacrificios necesarios para
los sacerdotes. Como la vida matrimonial, el sacerdocio es una opción
seria en respuesta al llamado de Dios. Tiene consecuencias que cambian
la vida. Pero -también al igual que la vida matrimonial- no solamente
cambia la vida, sino que es dador de vida. Cuando es genuinamente ofrecido
a Cristo, el sacerdocio es una vida de alegría, valentía, libertad y fraternidad;
una vida de fecundidad y de sentido. Y estas cosas son mucho mayores que
sus dificultades. No es solamente mi experiencia como sacerdote. He visto
el mismo testimonio una y otra vez en decenas de hermanos en el sacerdocio.
Ceder al miedo es ceder a la mentira más grande de nuestro tiempo. No
tengan miedo de responder al llamado de Dios.
36. Pido a los sacerdotes
del norte de Colorado, hombres que tan bien sirven al Señor y su Iglesia,
que alienten a nuestros jóvenes en su discernimiento, apoyando con entusiasmo
las nuevas oportunidades que este Seminario ofrece para nuestra Iglesia,
y transmitir la felicidad y plenitud que han experimentado en su ministerio
sacerdotal.
37. Finalmente, pido
al pueblo católico en el norte de Colorado que abran sus corazones apoyando
este esfuerzo. Es esencial la oración cotidiana por las vocaciones al
sacerdocio. Pero Dios responde a nuestras oraciones cuando buscamos cooperar
activamente con su voluntad. Pido a los padres cultivar en sus hijos el
amor a la Iglesia y sus sacramentos. Los aliento especialmente a formar
en sus hijos el amor al sacerdocio apoyando a nuestros sacerdotes en la
vida diaria de la parroquia. No hay nada que hiera más al sacerdocio que
la poco caritativa e irreflexiva crítica hacia el sacerdote por parte
de su pueblo. Y nada da fuerzas de manera tan maravillosa como el sincero
respeto, gratitud y amor de la familia parroquial. Sobre todo, pido a
nuestro pueblo católico que genere en sus casas un ambiente donde las
vocaciones al sacerdocio sean estimuladas, conversadas y recibidas por
los hijos como una opción personal digna y santa.
38. Inicié esta carta
pastoral señalando que toda vida cristiana es vivida en misión y en comunión.
Concluyo con el mismo pensamiento. La Iglesia es una ecología de amor.
Da mayores frutos cuando sus miembros aman más. Este otoño, Dios hace
fructificar una esperanza para nuestra Iglesia, anunciada por primera
vez por el Cardenal J. Francis Stafford, y construida sobre la base de
su buena administración y el celo de numerosos sacerdotes, diáconos, laicos
y consagrados que colaboraron para impulsar este programa tanto y tan
rápido. Con la apertura del Instituto Teológico Nuestra Señora del Nuevo
Adviento y el Seminario Teológico San Juan Vianney, tenemos una invitación
única para escuchar y responder al llamado de Dios. Necesitamos sacerdotes.
Dios con certeza los enviará. Que Él inspire a aquellos que envía, y a
cada uno de nosotros a quienes ellos son enviados, a amar con el amor
que hace todo nuevo, amarse unos a otros y al Señor "como Cristo amó a
la Iglesia".
+ Charles J. Chaput,
O.F.M. Cap. Cap.
Arzobispo de Denver
8 de setiembre de 1999
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