El Vaticano II debe ser el concilio más elogiado y menos
asumido en la historia de la Iglesia católica, al menos
en lo que respecta a candidatos y votantes.
Los católicos que apelan al “espíritu del
Vaticano II” y aducen estar escuchando a sus conciencias
cuando ignoran la enseñanza católica en temas públicos
de vital importancia, deberían revisar lo que el concilio
realmente dijo.
¿Qué enseñó el Vaticano II
sobre la conciencia?
La Constitución Pastoral Conciliar sobre la Iglesia en
el Mundo Actual (Gaudium et Spes) define la conciencia como “el
núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en
el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena
en el recinto más íntimo de aquélla. Es la
conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo
cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo”
(16).
El Concilio agregó que “La fidelidad a esta conciencia
une a los cristianos con los demás hombres para buscar
la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales
que se presentan al individuo y a la sociedad. Cuanto mayor es
el predominio de la recta conciencia, tanto mayor seguridad tienen
las personas y las sociedades para apartarse del ciego capricho
y para someterse a las normas objetivas de la moralidad”
(16).
En su Declaración sobre la Libertad Religiosa (Dignitatis
Humanae), el concilio señaló además que “El
hombre percibe y reconoce por medio de su conciencia los dictámenes
de la ley divina; conciencia que tiene obligación de seguir
fielmente, en toda su actividad, para llegar a Dios, que es su
fin. Por tanto, no se le puede forzar a obrar contra su conciencia.
Ni tampoco se le puede impedir que obre según su conciencia,
principalmente en materia religiosa”(3). Hasta aquí,
no hay problema. Siempre estamos obligados a seguir nuestras conciencias.
Pero si tomamos en serio nuestra fe católica, también
necesitamos reconocer que la conciencia no “inventa”
la verdad. Por el contrario, la conciencia debe buscar la verdad
fuera y conformarse con ella una vez descubierta –sin importar
que sea inconveniente. La conciencia nunca debe ser sólo
un tema de opinión personal o preferencia privada. Nunca
existe en un vacío de soberanía individual. No es
una coartada piadosa para hacer lo que deseamos, o aquello que
nos puede hacer ganar las elecciones.
Aquí está la clave para entender la conciencia:
Así como Juan Bautista exigió conversión,
arrepentimiento, humildad y honradez al antiguo Israel, también
una conciencia recta le habla al corazón de cada uno. Y
siempre, como expresa el Vaticano II en su declaración
sobre la libertad religiosa,". . . en la formación
de su conciencia, deben prestar diligente atención a la
doctrina sagrada y cierta de la Iglesia. Pues por voluntad de
Cristo la Iglesia católica es la maestra de la verdad,
y su misión consiste en anunciar y enseñar auténticamente
la verdad, que es Cristo, y al mismo tiempo declarar y confirmar
con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la
misma naturaleza humana” (14).
El Vaticano II nunca puede ser invocado como coartada para los
católicos que no hacen caso del grave mal público
o que no pueden actuar según su fe en la esfera política.
Ésta es una distorsión del mensaje del consejo.
También tergiversa la Constitución de Estados Unidos.
Los padres fundacionales de América no dijeron, ni quisieron,
que la fe religiosa se deba excluir de la discusión cívica.
Solo buscaron una cosa: prevenir el establecimiento de una iglesia
estatal oficial. Una interpretación puramente secular de
la "separación iglesia y estado" realmente daría
lugar a la "separación del estado y la moralidad."
Y eso sería una catástrofe para el verdadero pluralismo
y el proceso democrático.
Si somos sinceros con nuestra fe, nunca usaremos la "conciencia"
como excusa para esquivar lo que enseña la Iglesia aduciendo
críticas teológicas, encuestas de votantes o sondeos
de opinión pública, para luego hacer lo que encontramos
más conveniente. Eso es deshonesto. Y Dios nos hizo para
algo mejor que esto.