Lo que el Vaticano enseñó y no enseñó sobre la conciencia

Las elecciones y las ánforas de votación nunca son zonas “sin fe”

Abril 21, 2004

El Vaticano II debe ser el concilio más elogiado y menos asumido en la historia de la Iglesia católica, al menos en lo que respecta a candidatos y votantes.
Los católicos que apelan al “espíritu del Vaticano II” y aducen estar escuchando a sus conciencias cuando ignoran la enseñanza católica en temas públicos de vital importancia, deberían revisar lo que el concilio realmente dijo.

¿Qué enseñó el Vaticano II sobre la conciencia?

La Constitución Pastoral Conciliar sobre la Iglesia en el Mundo Actual (Gaudium et Spes) define la conciencia como “el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo” (16).

El Concilio agregó que “La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad. Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia, tanto mayor seguridad tienen las personas y las sociedades para apartarse del ciego capricho y para someterse a las normas objetivas de la moralidad” (16).

En su Declaración sobre la Libertad Religiosa (Dignitatis Humanae), el concilio señaló además que “El hombre percibe y reconoce por medio de su conciencia los dictámenes de la ley divina; conciencia que tiene obligación de seguir fielmente, en toda su actividad, para llegar a Dios, que es su fin. Por tanto, no se le puede forzar a obrar contra su conciencia. Ni tampoco se le puede impedir que obre según su conciencia, principalmente en materia religiosa”(3). Hasta aquí, no hay problema. Siempre estamos obligados a seguir nuestras conciencias. Pero si tomamos en serio nuestra fe católica, también necesitamos reconocer que la conciencia no “inventa” la verdad. Por el contrario, la conciencia debe buscar la verdad fuera y conformarse con ella una vez descubierta –sin importar que sea inconveniente. La conciencia nunca debe ser sólo un tema de opinión personal o preferencia privada. Nunca existe en un vacío de soberanía individual. No es una coartada piadosa para hacer lo que deseamos, o aquello que nos puede hacer ganar las elecciones.

Aquí está la clave para entender la conciencia:

Así como Juan Bautista exigió conversión, arrepentimiento, humildad y honradez al antiguo Israel, también una conciencia recta le habla al corazón de cada uno. Y siempre, como expresa el Vaticano II en su declaración sobre la libertad religiosa,". . . en la formación de su conciencia, deben prestar diligente atención a la doctrina sagrada y cierta de la Iglesia. Pues por voluntad de Cristo la Iglesia católica es la maestra de la verdad, y su misión consiste en anunciar y enseñar auténticamente la verdad, que es Cristo, y al mismo tiempo declarar y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana” (14).

El Vaticano II nunca puede ser invocado como coartada para los católicos que no hacen caso del grave mal público o que no pueden actuar según su fe en la esfera política. Ésta es una distorsión del mensaje del consejo. También tergiversa la Constitución de Estados Unidos. Los padres fundacionales de América no dijeron, ni quisieron, que la fe religiosa se deba excluir de la discusión cívica. Solo buscaron una cosa: prevenir el establecimiento de una iglesia estatal oficial. Una interpretación puramente secular de la "separación iglesia y estado" realmente daría lugar a la "separación del estado y la moralidad." Y eso sería una catástrofe para el verdadero pluralismo y el proceso democrático.

Si somos sinceros con nuestra fe, nunca usaremos la "conciencia" como excusa para esquivar lo que enseña la Iglesia aduciendo críticas teológicas, encuestas de votantes o sondeos de opinión pública, para luego hacer lo que encontramos más conveniente. Eso es deshonesto. Y Dios nos hizo para algo mejor que esto.